“Como todo el que se precie de dominar el arte maligna de la manipulación, tiende a mentir, fingir, exagerar. Odia a las mujeres. Las desprecia, le ofenden…”
Nektli Rojas
Narrando el Género
P camina por la avenida Madero en la mañana, la mirada bala y en su cabeza, el gorro de la sudadera. Le gusta llegar a clases temprano. Si alguien se cruzara brevemente con él en esos momentos, pasaría por alto una de sus características más definitorias: su mirada vacía. Esdrújulamente, P es católico, apostólico, fanático.
Entra al salón. Se sienta en una banca (la misma siempre) y se acomoda para llevar a cabo algunas de sus actividades favoritas. La menos lesiva para el resto de los presentes (lxs demás alumnxs y el profesorado de la sección) es quedarse dormido. Si no se dedica a dormir, se pone a evaluar el contenido de lo que las personas vayan opinando en clase: tarugadas soportables, imbecilidades, estupideces intolerables.
Otras de sus actividades académicas, que corren paralelas a la evaluación de lo que se esté exponiendo, son: sacarse los mocos y embarrarlos en la paleta del mesabanco, o comérselos y reírse mientras mira con burla las caras de asco de lxs compañerxs.
Si lo que sus oídos escuchan raya en lo intolerable, entonces se tira gases. Cuando alguien voltea a verlo, simplemente ríe y expulsa otro gas. Una alumna tomó la costumbre de llevar incienso para contrarrestar los malos olores procedentes del insigne trasero de P, quien guarda dos conductas especiales para cuando lo que oye le parece in-to-le-ra-ble (por ejemplo, la defensa LGBT+ o los derechos de las mujeres): golpear las mesas y taparse los oídos con los dedos índices y cantar lalala. Para aprovechar el calorcito que le proporciona hacerlo, como él mismo dice, de manera espontánea se toca las partes íntimas a vista de lxs presentes.
Como todo el que se precie de dominar el arte maligna de la manipulación, tiende a mentir, fingir, exagerar. Odia a las mujeres. Las desprecia, le ofenden. También a los arcoíris, como él los llama. Dice que ha recibido abusos por parte de ellos. Pero es bastante incapaz de distinguir un gay de un buga y, como también desprecia a una buena cantidad de hombres, le parece fácil, feliz y hasta necesario insultar con las consabidas palabras al respecto a quien le dé la real. En ese grupo, casi el 60 por ciento son mujeres y, al menos, un 30 por ciento identidades alternativas.
En un tono bastante alto, le ha advertido a los compañeros de clase que, si no quieren que tenga un ataque de ira, no hablen de cosas que a él le molestan ni hagan nada que lo pueda provocar. Después de todo, claro, él pertenece al privilegiado grupo de los machos straight de la especie y al conjunto menor de los que portan la opinión “correcta” acerca de todo. A ver cuándo entendemos lxs demás.
Hace año y medio que P nos atormenta. ¿Acaso estamos pintados? No. Usamos los medios a nuestro alcance para evitar esto. Primer semestre: sus compañerxs hablan con él, deciden ser amiguis, integrarlo. No. Él no habla con maricones ni se junta con gente de tan bajo intelecto que necesita perder su tiempo leyendo tantos libros. Habráse visto. El tutor (más de sesenta), le “encarga” el caso a la jefa de grupo, que apenas llega a los diecinieve.
Segundo semestre, profesores y alumnxs afectadxs empezamos a hablar con las autoridades de la Facultad. Que sí, que no, qué quién sabe, qué pobrecito es neurodivergente (sin diagnóstico), que se hablará con él. Quien lo hace es una mujer. En el mundo de P, las órdenes procedentes de este insano género, sea cual sea su puesto el puesto que ostente, pueden ser ignoradas por el patriarca. Faltó a las citas que ella le gestionó.
Tercer semestre. Ya todos hombres en la escala de autoridad interna, se decide redactar una carta en la que se comprometa a recibir terapia para que él la firme. Con pretextos, nunca lo hizo.. El tiempo pasa, afilando su sonrisa ladeada. La organización comunitaria ante todo, lxs alumnxs hacen escritos dirigidos al Consejo Técnico de la Facultad, firmadxs por los violentadxs, para que tomen cartas en el asunto. Que sí, que no, que quién sabe. Uno, dos, tres semestres…
En la sección va aumentando el grado de alerta. Incluso se cruzan apuestas sobre a quién, si pudiera, mataría primero. A la cabeza, una alumna arcoíris y yo. Pero el odio de P es tan contundente que es difícil saber a quién elegiría. Yo lo sé: a todxs. Entonces P se fue a banca. es decir, reprobó una materia en la que se inscribió para recursar. La reprobó por defaul, por no presentarse a clases, ni a los exámenes ordinario, extraordinario ni adicional. Eso lo deja sin sus derechos de alumno, sin poder inscribirse a ninguna materia hasta que no apruebe. Aquí pongo una cara de astucia con mi (también) sonrisita del lado, para que adivinen quién la imparte…
Cuarto semestre. A P no le importó estar en banca y se reincorporó a clases. Cuando el académico, a petición de los violentadxs, le hizo ver su situación, P simplemente regresó a su silla (siempre la misma). Ah, vienes a recoger tus cosas para irte, verdad, le dije yo. Pues no sé, respondió. Yo creo que sí, cerré, porque en esta clase no estás inscrito.
Entonces se sentó fuera del salón, enfrente de las oficinas de los secretarios, y convulsionó. Uno de los alumnos, que es paramédico, lo asistió y aclaró que se trató sólo un ataque de ansiedad, pero con vómito y llamada a una ambulancia. Es un alumno que necesita atención, dijo el académico, como si las demás personas de la sección no fueran alumnxs que necesitaran protección, como si él todavía lo fuera y como si lxs profesores fuéramos de hule. Una de las autoridades culpó a la jefa de grupo de haberle causado el ataque.
La última vez que se reunió la sección, se discutió acerca de técnicas para salvar la vida si a P se le ocurría llevar una pistola. ¿Hacernos todos bolita? ¿Tirarnos al suelo? Pues así más fácil nos atina, comentó otra compañera. Que lo revisen al entrar para ver que no lleve armas. Que no lo dejen pasar.
La ley no considera entrar en acción a menos que ya se haya cometido algún acto de violencia de más envergadura que los comportamientos antisociales anteriormente descritos. Las autoridades inmediatas nunca actuaron: se limitaron a dejarlo rodar por los caminos académicos y a arrojar la papa caliente. ¿Ahora qué? ¿Esperamos a que P emule al infame Lex Ashton Cañedo López, el incel más famoso del momento que, en un impulso se cobró dos vidas en CCH Sur?
La intolerancia, las subculturas del odio, todas arraigadas en la violencia patriarcal, tienen que poder ser detenidas en las universidades a través de acciones conjuntas que involucren a los tres sectores universitarios y que no dejen el problema en manos de las personas afectadas, normalmente pertenecientes a grupos históricamente vulnerados. Si lxs agraviadxs por P sufrimos alguna violencia mayor, lo único que obtendremos es una disculpa y un ya ni modo, al fin que primates humanos sobran, en pleno descrédito a las acciones legales, grupales y preventivas, de la cultura de la paz y la tolerancia, de los derechos humanos. Quienes sustentan ideologías de odio, ¿son inocentes?, ¿son enfermos mentales? ¿Se les debe considerar individuos libres de ejercer su derecho a la violencia? ¿Existe un derecho a la violencia? ¿Y qué pasa con nuestros derechos humanos, el derecho a la vida no manchada por la violencia ajena?
Ilustración portada: Reco


