Lo sucedido en Venezuela expresa el actual orden mundial: cínico, arbitrario y brutal
David Ramos Castro
La Colmena Urbana
Sobresaltos y enconos del nuevo año
El nuevo año comenzó violentamente. Por un lado, nos sobresaltó el sismo que vivimos en México el viernes, de 6.5 grados, el cual nos recordó que, ante la imponente voz de la tierra, no quedaba más que esperar, aguardando que el desenlace fuera rápido e indoloro. Por otro, nos sacudió la noticia de la invasión de Estados Unidos a Venezuela al día siguiente, saldada con la detención de Nicolás Maduro y su esposa. Aquí ya no era la tierra la que había hablado, sino la prepotente y selectiva legalidad estadounidense, acostumbrada a arrogarse, si lo creía necesario, el papel de una inmune fuerza natural. Sólo el cinismo más recalcitrante había permitido disfrazar durante tanto tiempo el verdadero sentido que cobijaba su famosa expresión God Bless America (Que Dios bendiga a América), y que no era otro que el de America Bless God, cuyo sonido debía de llegar a oídos del presidente norteamericano convertido en un Trump is America, o lo que era igual, siguiendo el sencillo silogismo, en un Trump is God.
Tras la sorprendente noticia, que implicaba al país donde, por azares de la vida, yo había nacido (el nacimiento siempre es algo fortuito), pronto se desató el instantáneo aguacero de comentarios que, llevados por la emoción, el deseo de venganza y el barbasco de las redes sociales, desaguaba su habitual chaparrón de tópicos y alharacas. El simplismo más agresivo y reductor campaba otra vez a sus anchas, mientras la masiva mansedumbre del momento concentraba la atención de millones de ojos en la primera foto de Maduro detenido y rumbo a su cautiverio gringo, publicada en la propia cuenta de X de Donald Trump. Los primeros compases de la sinfonía daban una idea de cómo transcurrirían los próximos días: con muestras de júbilo o indignación, con proclamas solemnes que instaban a reuniones internacionales urgentes, con condenas o aprobaciones, con el fuego cruzado en las calles y en los espacios controlados por las empresas del tráfico digital de información y, claro está, con las soflamas, amenazas y contradicciones del enseñoreado y atrabiliario Trump. Por detrás, a la sordina, el murmullo de las negociaciones secretas.
El espectro Monroe y la usurpación de América
La invasión a Venezuela y la captura de Nicolás Maduro y su esposa (que varios medios calificaron de inmediato como un «secuestro») abrían ahora un escenario incierto pero que nos retrotraía a otros episodios de la historia estadounidense y su imperiosa estrategia para controlar territorios ajenos al suyo, con el fin de custodiar sus propios intereses geopolíticos y económicos. Desde la presidencia de James Monroe en el primer cuarto del siglo XIX hasta la invasión de la isla de Ganada en 1983 o el prendimiento de Manuel Antonio Noriega tras la invasión norteamericana de Panamá en 1989, Estados Unidos había trazado un claro rumbo para su política exterior, el cual redujo a América Latina a un papel subsidiario, de «patio trasero», con respecto al rol preponderante y tutelar de los norteamericanos. La doctrina Monroe, llamada así mucho después de que James Monroe la hubiera planteado, pasó de ser una noción vinculada a la independencia americana de Europa, a convertirse en un imperativo de la dependencia latinoamericana a los Estados Unidos y su política exterior neocolonial. Sólo a partir de entonces, los Estados Unidos se atrevieron a llamarse a sí mismos, y simplemente, «América».
Después de la publicación de la nueva Estrategia de Seguridad Nacional estadounidense en el mes de noviembre pasado, el fantasma de la vieja doctrina volvía a resurgir. ¿Acaso había sido alguna vez enterrada? Muchos lo comentaron y lo comentan ahora de nuevo, con razón, tras la invasión norteamericana al país sudamericano. Pero para entender el rol estadounidense, dicha doctrina debía completarse con otra referencia: la política del «Big Stik» («Gran Garrote») implantada por Theodore Roosevelt a principios del siglo XX, la cual definió por completo el doble rasero de la actitud norteamericana de cara al resto del mundo y, principalmente, frente a los restantes países del continente: afiliarse a sus intereses (por supuesto, como filial de segundo orden) o afrontar la constante amenaza de una intervención militar. Un cinismo que, como ha resaltado la antropóloga Paula Sibilia en su libro Yo me lo merezco, no ha hecho más que consolidarse, con ejemplos como el de Donald Trump y su autoritarismo competitivo, en el suelo moral de nuestra época.
Cinismo norteamericano y fracaso venezolano
Pero el precedente de tal cinismo venía de lejos, pues resonaba ya en la famosa frase atribuida apócrifamente a Franklin D. Roosvelt: «Puede que Somoza (en referencia al nicaragüense Tacho Somoza) sea un hijo de puta (son of a bitch), pero es nuestro hijo de puta». Apócrifa o no, la frase captaba perfectamente el inescrupuloso pragmatismo que definía la visión norteamericana del mundo y su persistente interés por mantener a toda costa su hegemonía en él. Su nuevo documento de seguridad nacional proseguía esa misma línea, al afirmar la intención del gobierno de Trump por asegurar que América siguiera «siendo la potencia mundial más fuerte, más rica, poderosa y exitosa en las décadas venideras». Por su parte, la declaración de Pete Hegseth, secretario de Defensa, para quien era imposible «lograr la paz en este peligroso mundo sin el recurso de la fuerza», actualizaba la vieja consigna de Reagan y recordaba de paso el conocido y belicoso adagiolatino: «si vis pacem, para bellum» («si quieres paz, prepárate para la guerra»). ¿Era acaso lo único que nos cabía esperar: un mundo de violentos pacificadores?
Ahora bien, nada de esto servía para blanquear, ingenua o interesadamente, la imagen del proyecto político iniciado por Hugo Chávez casi veintiséis años atrás, en 1999. Sus promesas iniciales, que intentaron concretarse en ciertos y esperanzadores programas sociales encaminados a combatir la pobreza extrema del país y el desarrollo de servicios médicos, educativos y culturales para la población más vulnerable, poco a poco fueron naufragando en medio de una crisis estructural que se agravaría tras la muerte del líder militar en 2013. A la llegada de Nicolás Maduro, un personaje muy alejado de la fuerza carismática de Chávez, pero al que éste decidió pasar el relvo, se añadieron problemas derivados de la inflación y la devaluación monetaria. En medio de acusaciones reiteradas por corrupción y actos represivos destinados a acabar con toda oposición al oficialismo, las últimas elecciones de 2024, que estuvieron marcadas por la sombra del fraude, enturbiaron aún más las cosas. La negativa gubernamental a mostrar las boletas de votación –algo que le exigía Chile, Colombia o Brasil, entre otros países– provocó airadas protestas callejeras que fueron respondidas con violencia, dejado un importante saldo de detenciones y muertos, según denunció en su momento Amnistía Internacional.
Breve crónica de una Venezuela perdida
Pero tampoco cabía atribuir esta situación únicamente a la deriva autoritaria del chavismo, cuya historia no sólo corría pareja a la del obsesivo boicot estadounidense a cualquier desviación de la disciplina ideológica diseñada por el capitalismo de Washington y sus instituciones, sino que era el resultado de antecedentes de la propia historia venezolana y sus dilemas tanto políticos como económicos. Por un lado, el país enfrentaba la disolución del llamado Pacto de Puntofijo, firmado en 1958 por los principales partidos nacionales (AD, COPEI y URD) después del derrocamiento de la dictadura del general Marcos Pérez Jiménez; y, por otro, veía cómo el lento pero paulatino deterioro de su economía interna, luego de la caída del precio del crudo, agudizaba la desigualdad social en amplios sectores de la población. La dependencia de los ingresos petroleros había sido, de hecho, un rasgo común de la historia nacional, cuyos sucesivos gobiernos fueron incapaces de superar. «Sembrar el petróleo», expresiva metáfora empleada por el escritor y político Arturo Uslar Pietri, se tornó una tarea tan urgente como imposible.
Precisamente, la primera irrupción del teniente coronel Hugo Chávez Frías en la escena histórica venezolana, seis años antes de su victoria electoral, tuvo lugar en ese contexto de crisis económica agravada. Su intento fallido de golpe de Estado en 1992 puso rostro a una tentativa de insurgencia que recobraba el recuerdo de los golpes militares en el país, extensible a toda la historia del continente. Sin embargo, aquella sublevación era, a la vez, expresión de un deterioro real en las condiciones vitales de millares de personas que acusaban las consecuencias provocadas por las medidas económicas del presidente Carlos Andrés Pérez, impuestas por el Consenso de Washington y sus instituciones de cabecera: el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial. Pérez había anunciado un paquete de acciones alineadas con las disposiciones ultra y neoliberales de Estados Unidos. Fue una decisión que supuso el alza en el precio de servicios básicos y originó la oleada de disturbios conocida como «el Caracazo» (aunque no sólo se produjo en la capital), la cual fue sofocada en pocos días por el entonces ministro de Defensa, el general Ítalo del Valle, quien enfrentó posteriores acusaciones –ya con Chávez en el poder– por su actuación en esos días. Algunas estampas de aquel acontecimiento, aún las guardo en mi memoria.
Sin embargo, a un cuarto de siglo de su inicio, podemos decir que tampoco el chavismo, pese a todas las ilusiones que despertó, fue capaz de articular una política integral que escapara al «monocultivo» petrolero y desarrollase al país en sectores estratégicos. La esperanza de un socialismo latinoamericano que ofreciera una alternativa al capitalismo más depredador sucumbió a la vulgar y típica disciplina partidista, conforme con recortar la realidad a su antojo y en función de burdas consignas ideológicas, muy convenientes para la nueva élite política y económica instalada en el poder. Consumado este doloroso fracaso, el ataque de Estados Unidos a la soberanía de Venezuela, aunque ciertamente ilegal, corroboraba su decidida voluntad de reintroducir a cualquier precio la interrumpida disciplina en la región, para con ello salvar sus intereses en medio de un mundo en plena transformación. Era una respuesta afín al ambiente generado por el auge de gobiernos de extrema derecha en varias partes del mundo, que le favorecía; pero también proporcional al desesperado intento por impedir que su dominio decayese en un mundo que se le había vuelto adverso. Ya no era preciso hablar de Guerra Fría; era suficiente con advertir cómo los nuevos vocablos de «multipolaridad» y «multilateralidad» desafiaban su hegemonía.
Temo a los gringos incluso cuando traen regalos
Pero la alegría inicial de muchos ante la operación militar estadounidense quedó pronto interrumpida por las declaraciones posteriores de Trump, quien aseguró no haber hablado con la opositora María Corina Machado ni reconocer en ella a una persona con verdadero liderato en Venezuela. En su lugar, el mandatario afirmó que sería Estados Unidos quien tomaría el control de la «transición democrática» venezolana, detrás de lo cual se leía su imperioso deseo por controlar (expoliar) sus recursos petrolíferos, bloqueando de paso su canalización hacia Cuba, Irán, Rusia o China. Era una declaración sorprendente, teniendo en cuenta que el mismo Trump había reconocido un año antes a Edmundo González como presidente electo del país, pero era asimismo el precio de lucidez que debían pagar quienes creían que los norteamericanos realizaban operaciones militares e invadían países movidos por una misión de restitución democrática y promoción del bienestar para todos los pueblos de la tierra. Era tan ridículo como confiar en su guía para conducir cualquier proceso de transición política en el mundo. Bastaba con recordar lo ocurrido en Irak después de su invasión en 2003, por armas que nunca habían existido.
Con todo, muchos siguen incurriendo en esta fatídica ingenuidad histórica, incapaces de aceptar que los norteamericanos no traen regalos, o que, si los traen, es aún peor. Timeo gringos et dona ferentes. Temo a los gringos, incluso cuando traen regalos. Algo que tampoco ven quienes claman por una intervención militar en México para acabar con el crimen organizado, como si dicha criminalidad existiera sin la simultánea complicidad y juego sucio del régimen norteamericano, acostumbrado a usar la persecución de la droga como un arma ambigua: útil para costear ciertas operaciones particulares, pero lista asimismo para justificar la intervención militar en algunos países. Ocurrió con Noriega, al que Estados Unidos acusó de vínculos con el Cártel de Medellín, y ha vuelto a suceder ahora con Nicolás Maduro, señalado por asociación ilícita con el Cártel de Sinaloa. Cierta o no, esta acusación oculta la colusión histórica del gigante del norte con los dividendos extraídos del tráfico ilegal, como reveló en su día el heroico periodista Gary Webb (muerto en extrañas circunstancias con sólo 49 años), y como ha vuelto a exponer en 2025 Seth Harp en su obra The Fort Bragg Cartel, que investiga los nexos de algunos militares estadounidenses con un grupo criminal propio.
Coda
A falta de saber lo que sucederá en las próximas semanas, lo que me parece claro es que a Venezuela no ha llegado ni la paz ni la libertad, sino la victoria. También que lo ocurrido debilita a todo el hemisferio y destruye aún más el crédito del derecho internacional, en favor del solo recurso al crédito de la fuerza. Ello implica que, como alternativa a los desmanes de Maduro y las ruinas del otrora promisorio giro latinoamericano, lo único que se abre ahora es una autopista para los abusos del herido imperialismo estadounidense y su máximo representante político. La única libertad posible en un escenario tal, será la manoseada por el babeante griterío de la farsa ultraliberal, tan contradictoria como para defender un ataque militar extranjero, aduciendo su supuesta voluntad de atacar el narcotráfico, y luego regalar un libro que aboga por el valor económico de proxenetas y traficantes; o para festejar como adalid de la paz a un delincuente sentenciado por varios delitos de falsedad documental. Ése es el mundo delirante donde vivimos y donde tanta gente se agrede con ciega vehemencia, vociferando sus filias o fobias: ahora entre Maduro o Trump; antes, entre Putin o Zelenski, Hamas o Netanyahu, el cristianismo o el islam. Un mundo donde parece que el valor de la conjunción negativa «ni» jamás hubiera existido y, con él, la sola libertad real de pensar y vivir intempestivamente, en contra de una vida ultrajada por el cinismo de todos y cada uno de los tiranos.
Ilustración portada: Reco


