“¿Existe un momento en que elegir el mal deja de ser una coartada y se convierte en una decisión consciente?”
Gerardo Pérez Escutia
Zona Oscura
Georges Simenon es sin duda alguna, el padre de la novela negra francófona. Prolífico como pocos, escribió 192 novelas bajo su nombre y una treintena aparecida bajo varios seudónimos. Es el creador del comisario Maigret, que protagonizó 75 de sus novelas entre 1931 y 1972. Pero Simenon no se limitó al género policiaco: también incursionó en la novela negra psicológica y en relatos con un alto contenido de crítica social. En esta columna ya hemos reseñado El gato,una obra que podríamos clasificar como de terror psicológico, y el día de hoy, para recordar a este gran maestro del noir, vamos a hacer la reseña de La nieve estaba sucia (Acantilado, 2014) en su edición en español, aunque esta novela fue escrita en 1948, durante los años que Simenon paso en los Estados Unidos, y constituyó su primer gran éxito en lengua inglesa.
Son los años de la Francia ocupada por los nazis. Frank Friedmaier es un joven de diecinueve años que vive con su madre en un edificio algo decrépito, en el que ella regentea un burdel clandestino o “casa de citas”, a donde acuden clientes de toda laya, principalmente miembros de las fuerzas invasoras, colaboracionistas, y en menor medida, gente común. Al crecer en ese ambiente, a su corta edad ya es un hombre curtido en el sexo, en el vicio y en la delincuencia; de hecho, ya es un traficante y ladrón consumado. Tiene un amigo: Kromer, quien es unos años mayor que él, y un veterano delincuente que hace “trabajos” a encargo de los jerarcas del ejército invasor. Se pasea por las calles armado y derrochando el dinero producto de sus trapacerías, sabiendo que goza de impunidad gracias a su cercanía con los poderosos.
Para Frank es todo un modelo, y ansia llegar a tener su poder y su estilo de vida, por lo que está dispuesto a todo, incluso a perder su “otra virginidad” matando a un hombre.
Frank no es una víctima inocente de su entorno; es, más bien, su producto más acabado.
Un día, estando en el bar de Timo – su base de operaciones- se le presenta a Frank la oportunidad que busca para probarse a sí mismo. Le pide a Kromer la reluciente navaja de muelle que le ha presumido y espera a que salga un suboficial -cliente habitual del bar- a quien todos llaman “el eunuco”, un hombre gordo y fofo que le parece la víctima ideal para probarse “hasta donde puede llegar sin sentir nada”. Lo espera en el callejón oscuro, cubierto de nieve, y cuando lo ve pasar se acerca y lo apuñala. Para su mala suerte, poco antes de que pasara “el eunuco” lo vio un vecino de su edificio, Holst el taciturno conductor de tranvías que vive con su hija, Sissy, a quien Frank también pretende hacer suya.

En los días posteriores al crimen Frank avanza en su carrera delictiva robando por encargo joyas y relojes que Kromer le encarga para sus “clientes”. Se obsesiona con Holst, pues está seguro que lo vio matar al suboficial. Deliberadamente busca cruzarse con él en el pasillo del edificio o subir al tranvía que maneja para detectar alguna señal en su actitud que indique que lo va a delatar. Al mismo tiempo, avanza en su plan de seducir a Sissy, de quien se ha obsesionado, pues intuye que es virgen y le representa un “manjar apetitoso”, muy diferente a las prostitutas del burdel de su madre, con las que se acuesta a cuando quiere desde que salió de la niñez.
A partir de este momento, la historia se convierte en el relato de la degradación ética y moral de Frank. Simenon construye a su personaje con una precisión implacable, sin explicaciones psicológicas innecesarias, sin juicios morales explícitos. Como lectores, asistimos incómodos, a la formación de un criminal que no se presenta como un monstruo, sino como un joven inteligente, observador y profundamente vacío.
Uno de los grandes logros de la novela es su atmósfera. El título no es una metáfora gratuita: la nieve que cubre la ciudad está literalmente sucia, ennegrecida por el paso de los hombres, por la miseria y por la guerra. Esa nieve funciona como imagen persistente de una sociedad degradada, donde ya no existe la pureza posible. Todo está manchado: las calles, las instituciones, las relaciones humanas, incluso el lenguaje. Simenon escribe con una prosa sobria, seca, pero cargada de una tensión constante que no necesita artificios.
A diferencia de otras novelas sobre la ocupación y la resistencia, La nieve estaba sucia no ofrece héroes. Los personajes secundarios -policías, soldados, vecinos, mujeres- se mueven entre la cobardía, el oportunismo y la resignación. La verdadera lucha no es política, sino moral, y se libra en el interior de Frank. A medida que la historia avanza y el cerco se cierra sobre él, ocurre algo inesperado: el joven que parecía incapaz de sentir comienza, lentamente, a experimentar algo parecido a la conciencia. No es arrepentimiento ni culpa en el sentido convencional, sino una forma más inquietante de lucidez.
La novela se transforma entonces en una reflexión profunda sobre la responsabilidad individual. ¿Hasta qué punto somos producto de las circunstancias? ¿Existe un momento en que elegir el mal deja de ser una coartada y se convierte en una decisión consciente? Simenon no responde estas preguntas; las deja abiertas, incómodas. El castigo que espera a Frank no es solo legal ni físico, sino existencial.

Leer La nieve estaba sucia no es una experiencia cómoda, pero sí profundamente reveladora. Es un libro que incomoda porque no permite la distancia moral: obliga al lector a mirar de frente aquello que preferiría no reconocer. Simenon demuestra aquí que su verdadera grandeza no está solo en haber creado a Maigret, sino en su capacidad para retratar, con una claridad despiadada, la fragilidad ética del ser humano cuando se rompen las reglas y desaparecen las certezas.
Esta novela es ideal para quien busque algo más que una historia bien contada: es un viaje a un territorio donde no hay soluciones fáciles ni consuelos. La nieve estaba suciase lee con un nudo en el estómago y se cierra con una sensación persistente, casi física, de inquietud. Precisamente por eso, es una de las obras más poderosas y necesarias de Georges Simenon.
Ilustración portada: Pity


