“…los servicios que aparentan no tener ningún costo (…) operan bajo un modelo de negocio diferente: el usuario es el producto.”
José Alfredo Barriga Juárez
MeloManía
El uso de Spotify siempre ha tenido costo:
Daniel Ek, fundador y director ejecutivo de Spotify, recientemente compartió como parte de sus resultados de 2025 que la plataforma ha logrado generar casi 700 millones de usuarios activos en sus principales servicios de streaming: música, podcast y audiolibros.
Estos usuarios suscritos o no, siguen generando un modelo de mercado bastante rentable para la plataforma. Es una falacia creer que reproducir un álbum de Taylor Swift o cualquier artista independiente, aunque no has pagado jamás una mensualidad, sea totalmente gratuito.
No hay que olvidar que los servicios que aparentan no tener ningún costo (como redes sociales, motores de búsqueda y aplicaciones de mensajería) operan bajo un modelo de negocio diferente: el usuario es el producto.
Las plataformas recopilan una exorbitante cantidad de datos personales y hábitos de uso, que luego venden a los anunciantes para ofrecer publicidad dirigida. Aquello de que uno tiene libre albedrío hasta para escuchar música, no es más que un embuste en estos tiempos de capitalismo tecnócrata.
Una prueba de ello, es el famoso wrapped de Spotify, el cual se muestra como un resumen atractivo de lo que escuchamos, sin darnos cuenta que detrás hay una campaña masiva de psicología social, medición algorítmica y análisis profundo de datos que lejos de generar solamente una linda pertenencia digital, ha creado una carpeta de nosotros como producto para el mejor postor.
La última controversia de Spotify:
Ahora bien, lejos de este tono apocalíptico, -que para nada es la intención, solo un sencillo recordatorio del mercado digital-, Spotify se consolidó en un inicio como la gran respuesta para acabar con la piratería que tanto daño les estaba causando a los gigantes de la industria musical: Universal, Sony y Warner.
Sin embargo, desde su lanzamiento en 2008, la plataforma sueca ha generado una serie de controversias: la baja remuneración a sus artistas; la creación de artistas y música falsa con inteligencia artificial para desviar los recursos de remuneración y el contrato millonario con Joe Rogan, especialmente por albergar un podcast donde se desinformó sobre las vacunas de covid-19.
No obstante, la mayor polémica surgió este mismo año, cuando el Financial Times reveló los detalles de una inversión de 600 millones de euros liderada por Prima Materia -la firma de Daniel Ek- en Helsing, una startup alemana especializada en inteligencia artificial para aplicaciones militares. Tampoco resulta casual que uno de los principales inversores de Spotify sea BlackRock.
El boicot geográfico: ¿En verdad afecta?
A raíz de esta polémica, el 18 de septiembre surge el movimiento «No Music For Genocide», artistas preocupados por las operaciones militares de Israel en Gaza y la limitada respuesta de la industria musical internacional ante la crisis humanitaria.
El movimiento, que opera de forma independiente, pero se coordina con la Campaña Palestina para el Boicot Académico y Cultural a Israel (PACBI), invitó a artistas y sellos discográficos a retirar o bloquear su música en las plataformas de streaming en Israel.
Este movimiento también se materializó gracias a los antecedentes de la invasión rusa a Ucrania. Ya que, al inicio de esta guerra en 2022, provocó una desaceleración de un millón y medio de suscriptores tras abandonar el mercado ruso, lo que generó un impacto económico significativo para Spotify.
Algunos de los artistas que han solicitado retirar su música de la plataforma en Israel son: Björk, Massive Attack, King Krule, Primal Scream, Ana Tijoux, Arca, Denzel Curry, My Bloody Valentine, MØ, Blood Orange, Rejjie Snow, entre otros.
Lo extraño de esto o, al menos surge la duda, ¿sirve de algún modo como artista retirar tu música solo de Israel? O bien, ¿por qué no hacerlo de la plataforma entera? Entendiendo que, sin importar en qué país se reproduzca una canción o un álbum entero, parte del porcentaje de esa remuneración que se queda Spotify, terminará en inversiones como la que hizo Daniel Ek para Helsing.
Por ahora, la plataforma se encuentra operando en Israel, con o sin música del movimiento «No Music For Genocide», sin embargo, sería interesante profundizar el por qué no puede utilizarse en lugares como Afganistán, China, Corea del Norte, Cuba, Irán, Siria, Sudán, Sudán del Sur y Yemen. Y a la vez, conocer si estos artistas que han pedido retirar su música, han encontrado mejores distribuidoras para sonar en los países que han excluido Spotify.
Ante esto, lo único cierto es que la idea de que canciones de Kendrick Lamar, Bad Bunny, -por cierto, reconocido por Spotify por ser el artista más escuchado del mundo, desde sus algoritmos-, Rosalía e incluso 31 Minutos, estén ligadas al desarrollo de sistemas militares, genera una fricción ética difícil de ignorar.
En consecuencia, aunque la protesta tenga muchos tintes simbólicos, la realidad es que no le genera ningún impacto estructural a una corporación multinacional como lo es Spotify. La plataforma se ha convertido en la industria misma, aunque muchos aún no lo acepten, pues de ella dependen sellos discográficos, artistas, managers, promotores y más.
En conclusión, Spotify es un ejemplo perfecto del capitalismo digital donde, por supuesto, no deja espacio para un consumo ético, lo cual dudo que exista. En estos tiempos donde todo está hiperconectado, el boicot es una mueca personal más que un golpe colectivo.


