La COP30, celebrada en la Amazonía volvió a postergar las decisiones que el planeta necesita y a ceder ante los intereses fósiles
Leonor Solís
Ecodepresión
Treinta años después de iniciar las negociaciones climáticas, la comunidad internacional sigue sin acordar lo esencial: cómo dejar atrás los combustibles fósiles. La COP30, celebrada en la Amazonía, vuelve a exhibir el poder de veto de los grandes emisores y la incapacidad del sistema multilateral para responder con la urgencia que exige el colapso climático.
Año tras año, el mundo se reúne para negociar su futuro climático. Y, año tras año, estas cumbres concluyen con promesas diluidas, menciones elusivas y la persistente omisión de una decisión clave: abandonar los combustibles fósiles. La COP30, celebrada en Belém -ciudad amazónica del norte de Brasil-, no fue la excepción.
En plena crisis climática, y con la ciencia exigiendo medidas urgentes, los acuerdos alcanzados reflejan un patrón alarmante: los intereses económicos continúan imponiéndose sobre la acción climática. Lo que se obtuvo fue otra dosis de retórica vacía y compromisos mínimos que, lejos de generar esperanza, profundizan la frustración ante la inacción estructural. Cabe entonces preguntarse: si ni siquiera en un territorio tan simbólico como la Amazonía se puede exigir un cambio real, ¿dónde podrá lograrse?
Esta edición llegó cargada de expectativas en torno a tres temas prioritarios: el financiamiento climático, la transición energética con una hoja de ruta hacia la eliminación de los combustibles fósiles y la protección de los ecosistemas. El llamado “paquete de Belém” incluyó el compromiso de triplicar los fondos de adaptación hacia 2035, así como una hoja de ruta para implementar la Meta Global de Adaptación (MGA) mediante la aprobación de un programa de trabajo con 59 indicadores. Sin embargo, no se logró establecer un marco más robusto para su medición y rendición de cuentas. A ello se sumó la exclusión de cualquier referencia vinculante al abandono del carbón, el petróleo y el gas, lo que confirma que el tema más controversial -el fin de la era fósil- sigue fuera del alcance del consenso. En paralelo, asuntos como la deforestación, los mercados de carbono y el financiamiento por pérdidas y daños fueron abordados con vaguedad o quedaron relegados, reflejando las divisiones estructurales que frenan una acción climática a la altura del desafío. Aunque se habló de transición, lo que quedó claro es que -una vez más- no hay voluntad política para encaminarla.
Tras tres décadas de cumbres climáticas, la COP30 fue presentada como un momento crucial. A 30 años de la creación de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático, se esperaba que esta edición marcara un punto de inflexión: una señal de madurez política, una hoja de ruta concreta, avances tangibles. Pero ese mismo número redondo también alimenta el desencanto. ¿Qué se ha conseguido realmente en este tiempo? Para algunos expertos, mantener un proceso que no logra frenar las emisiones, ni concretar la transición energética, ni movilizar los recursos necesarios para enfrentar los impactos, resulta insostenible. Otros advierten que abandonar este espacio sería aún más grave: implicaría renunciar al único mecanismo multilateral que, con todas sus limitaciones, permite sostener cierta cooperación global. La COP30 se celebró, entonces, entre el escepticismo y la necesidad: la presión de demostrar que el proceso sigue siendo relevante, y la carga de tres décadas de promesas incumplidas.
La omisión de un compromiso vinculante para abandonar los combustibles fósiles no es un detalle menor ni un simple desacuerdo entre delegaciones: es el núcleo del fracaso climático reiterado. Resulta alarmante que, aun en un contexto donde los impactos son cada vez más evidentes, no se haya logrado nombrar -mucho menos trazar- el principio del fin de la dependencia fósil. La retórica de la “transición energética” permanece vacía si no está acompañada de decisiones claras, plazos definidos y marcos jurídicos. La negativa a incorporar estos elementos no responde a una falta de evidencia científica, sino a la presión de intereses económicos que resisten cualquier transformación estructural.
El poder de veto de los países con grandes industrias fósiles, como Arabia Saudita, Rusia o incluso Estados Unidos, impuso nuevamente los límites del acuerdo. Esto ocurrió a pesar del respaldo explícito de más de 80 países a una propuesta que planteaba una salida gradual, pero clara, de los combustibles fósiles. En este escenario, el lenguaje diplomático suaviza el conflicto, pero no lo resuelve. Se evita decir lo evidente para no incomodar a quienes bloquean el avance. Y así, año tras año, se perpetúa una paradoja tan desgastante como peligrosa: una cumbre climática que sigue sin atreverse a enfrentar las causas reales de la crisis.
Treinta años después del inicio de este proceso, las cumbres climáticas siguen caminando por la cuerda floja entre la diplomacia y la urgencia. La COP30 no fue un retroceso absoluto, pero tampoco marcó el punto de quiebre que el planeta necesita. Si algo dejó claro esta edición es que, mientras no se toquen los intereses que sostienen la economía fósil, las decisiones seguirán evitando el centro del problema. Y, sin embargo, abandonar estos espacios no es opción. La única alternativa es exigir más: más coherencia, más valentía, más justicia. Porque el tiempo del lenguaje vago ya pasó. Lo que está en juego -la habitabilidad del planeta, la vida de millones-, no permite seguir celebrando avances que apenas rozan la superficie.
Y sin embargo, lo más vivo de esta cumbre quizás ocurrió fuera de las salas oficiales. En las calles de Belém, más de 20 000 personas -entre ellas miles de representantes indígenas- marcharon, ocuparon espacios públicos, alzaron la voz y llevaron sus demandas hasta las puertas del poder climático. Desde flotillas simbólicas en el río hasta bloqueos frente al recinto de la conferencia, sus acciones recordaron que la defensa de los territorios también es defensa del clima. La participación indígena fue histórica, no solo por su número, sino por su firmeza: exigieron dejar de ser consultados como actores secundarios y comenzar a ser reconocidos como guardianes centrales de soluciones reales. En contraste con la tibieza de los acuerdos, esas expresiones reflejan una energía política que desborda los límites de la diplomacia formal.
Hoy, más que nunca, necesitamos amplificar esas voces, sostener la presión y rechazar el conformismo. Porque si los gobiernos no están dispuestos a hacer lo necesario, la ciudadanía deberá empujar con más fuerza. La historia no la escribirán los acuerdos tibios ni quienes celebran curitas, sino quienes se atreven a exigir lo imposible.
Ilustración portada: Luna Monreal


