Melokarma, un disco de estudio al que siempre hay que volver como ritual melómano cuando está por cerrar otro año
José Alfredo Barriga Juárez
MeloManía
Hace tiempo me causaba mucha angustia saber que no podré escuchar toda la música del mundo y mucho menos, resguardarla digital o físicamente. Pero ahora que simplemente, me he resignado, pienso en los álbumes a los que siempre vuelvo cada tanto en mi vida: El amor después del amor de Fito Páez, Siembra de Rubén Blades, The Dark Side of the Moon de Pink Floyd, A Love Supreme de John Coltrane, The Marshall Mathers LP de Eminem, Buena Vista Social Club, Jodido Protagonista de Randy Acosta, Songs of Love And Hate de Leonard Cohen y un largo etcétera.
Sin embargo, han pasado veinte años desde que salió Melokarma, un disco de estudio del rapero mexicano Akill Ammar al que siempre vuelvo justo, cuando está por cerrar otro año. Un ritual melómano pues.
Lo curioso es que siempre me busco una excusa para ponérmelo durante varios días. Y esa excusa a la que me sujeto actualmente tiene que ver con toda esta saturación de apologías al consumismo, a la violencia y a la falta de posturas críticas en lo social, en un género medianamente joven como el rap e incluso el regional que por ahora andan mucho de la mano.
Melokarma salió en mayo del 2005 y sin perder tiempo, me lo descargué del viejo Ares, lo mandé a un disco virgen y en cuanto lo reproduje en un walkman que me habían traído del gabacho, supe que estaba viviendo un parteaguas personal.
El álbum se conforma de dieciséis canciones: Melokarma, Es Tiempo, La Noche Es Nuestra, Campesino, La Tentación, Es Amor, H H, Vagabundo, Guerrero, Mi Diario, Cuando Muera, International Life, Un Día Más, Resiste, Comprendo y Todo Sigue Igual.
Para mis lectores, cuyo gusto musical está muy lejos del rap —no los culpo—, Jonathan Rojas, mejor conocido como Akil Ammar, es un rapero mexicano nacido en 1978 en la colonia Obrera de la Ciudad de México. Integrante del Grupo La Familia (Life Style), creado en 1998. Su nombre artístico viene de dos palabras árabes: “Akil” que significa el que utiliza la razón y “Ammar” que significa constructor.
Melokarma marcó un quiebre: no sólo porque reafirmó su transición de JR (identidad anterior) a Akil Ammar, sino porque representó un salto de madurez artística, lírica más cuidada, producción más ambiciosa y una apuesta clara por un rap más orgánico, más natural. Más de acá.
En un momento en que en México el rap era aún marginal, este álbum ofreció una propuesta distinta: no rap egocéntrico, sino un rap de contenido, cargado de experiencia de vida, realidad urbana, crítica social y diversidad sonora, algo que ayudó a legitimar al rap como forma de expresión seria e introspectiva en nuestro país.
“Melokarma representó algo inédito para el rap del país en aquella época. No se había hecho algo así, y en lo personal creo que al final reflejó la conexión que tuve con Edher. Imagínate, de pasar seis, siete meses juntos, se formó una amistad fuerte y todos los discos subsecuentes los grabé con él, aunque no los produjera”, comentó Akil Ammar para una entrevista de VICE.
Una de las innovaciones más relevantes de Melokarma fue su producción con instrumentación real: guitarras, saxofón, metales, bajos en vivo —en lugar de depender exclusivamente de samples o ritmos pregrabados—. Esa decisión le dio al álbum una textura más rica y cercana al jazz, funk, reggae o rock.
Además, a diferencia de muchos proyectos en el rap, Akil no busca glamour ni fama superficial, sino realidad cruda, honestidad, reflexión. En sus propias palabras, el hip-hop le salvó la vida; escribir fue terapia, escape y catarsis, y ese sentir se transmite en Melokarma.
Como prueba de lo anterior, la canción homónima al álbum Melokarma, es una canción que denuncia la manipulación mediática, la explotación, el control social, la desigualdad, el racismo, la migración, la globalización, la alienación: llama a despertar, a rechazar la “tele basura”, a usar el rap como arma de conciencia.
Por otra parte, como acto extraño y raro, Akil Ammar compone una canción que se titula Campesino, la cual es un homenaje a los campesinos y trabajadores del campo quienes “riegan la semilla y luego recogen el fruto”, pero cuyos esfuerzos enriquecen a empresarios y políticos corruptos, sin recibir justicia, dignidad o acceso a servicios básicos de salud, vivienda y seguridad.
Las canciones abordan vivencias reales: la vida en barrios marginados, la búsqueda de identidad, la opresión, la injusticia social. Pero también la esperanza, la crítica, la memoria. Esa mezcla de relato íntimo más denuncia social define al álbum.
No obstante, tampoco se olvida del goce, de la fiesta y remediar ese malestar social con una noche de baile como en la canción La noche es nuestra junto a Bocafloja. Una canción que gira alrededor de la libertad, el goce nocturno, la confianza entre amigos/pareja y la sensación de que el momento presente es valioso y compartido. Es una canción más luminosa dentro del repertorio de Akil Ammar, orientada a la celebración, pero sin perder su toque reflexivo.
Y aunque no es una continuación dentro del disco exactamente, Comprendo pareciera esa canción que uno pone con resaca o después de ella. Es una canción que funciona como un acto de reconciliación, ya sea con otra persona o con uno mismo. La reflexión se convierte en paz, donde entender es sinónimo de avanzar.
En este sentido y en lo personal, me atrevería a decir que Melokarma debe y necesitar estar dentro del top diez de los clásicos del rap mexicano. Por su musicalidad, su lírica y la resistencia al tiempo junto a otros artistas y otros discos que no le compiten en lo absoluto.
Y, si aún no conoces este álbum, creo que es un buen cierre de año para ponértelo a solas cuando vayas en un deficiente transporte público moreliano o en tu auto, intentando esquivar los baches y la obra pública siempre comenzada, nunca terminada.
Acá puedes escuchar Melokarma:
Fotografía de portada, tomada del muro de Akil Ammar


