Regla de Tres

Antonio Sánchez en Guanajuato

“Esa noche en la explanada de la Alhóndiga, el jazzista mexicano y su banda Migration presentaron The meridian suite…


Son líneas imaginarias que cruzan la Tierra, la esfera celeste, nuestros cuerpos, nuestras mentes, que se entrelazan e interactúan de una manera que es casi imperceptible, pero sucede.
Antonio Sánchez.


Diecisiete de octubre del dos mil diecisiete en Guanajuato.

Fue aquel día. Desde muy temprano el minúsculo centro ya estaba asediado por toda clase de turistas, pero de noche estábamos nosotros, los del alba, los del aguardiente en las arterias, Pedro y yo, los que soñamos otras ciudades desde los callejones, por ejemplo: Tijuana, Buenos Aires, Oslo. 

Durante tres años, Pedro y yo compartimos un viejo departamento en el callejón Sepultura, la afición del cine, el dominó y la imperativa necesidad -como esa noche -, de asistir a todos los conciertos gratuitos que aquel paraje colonial nos ofertaba, sobre todo, para mitigar un poco esa deuda cultural de la que tanto presume.

Esa noche en la explanada de la Alhóndiga, el jazzista mexicano Antonio Sánchez y su banda Migrationpresentaron The meridian suite y por supuesto había que asistir con todos los preparativos previos que un concierto como estos se merece: los caballitos a tope de mezcal sobre la mesa, un par de cervezas, una cajetilla de cigarros ya iniciada y otra breve discusión sobre la cubanidad o franchutería de un tipo como Carpentier, -Pedro no paraba con ello desde que regresé de Cuba-.

The Meridian Suite de Antonio Sánchez se publicó en el 2015 y forma parte, me atrevo a decir, de las obras más ambiciosas y significativas del jazz contemporáneo.

Su importancia puede entenderse en varios niveles: estético, técnico, narrativo y contextual dentro del jazz, pues este álbum podría disfrutarse como un relato musical, como una película con su premisa, desenlace y clímax.

Cincuenta y cinco minutos con veintinueve segundos de jazz y que, sin ser folclorista, aporta una voz personal a dicho género. Una voz seria, sofisticada y sin clichés de “latinos” prefabricados. No es gratuito que este mismo baterista mexicano haya sonorizado la película Birdman o (la inesperada virtud de la ignorancia) de Alejandro González Iñárritu, otro artista mexicano bastante consolidado.

Esa noche de Antonio Sánchez, también apareció Belén en nuestro departamento con un doce de cervezas que guardó enseguida en nuestro refrigerador, dio un beso a Pedro y después de unos cuantos tragos y de explicarle quién era ese tal Antonio y que Frida nos vería abajo, decidimos partir.

Ahí estábamos de nueva cuenta los tres, descendiendo a pie por la Calzada Guadalupe esquivando autos, sonriendo y mirándonos con esa pequeña pero asombrosa complicidad que provoca la asistencia a un concierto durante la noche en esta ciudad de momias, asiáticos, cantinas y comida sinsabor.

Imagen tomada del muro de Antonio Sánchez en Facebook

Al fin llegamos, la fila no era abrumadora, pero traté de esperar a Frida, quien me llamó y no comprendí nada, pues cuando bebe, mezcla el noruego y el español de una forma tan extraña que lo único que comprendo es que nos veremos más tarde.

Se encienden unas luces focales y sobre el escenario cada instrumento parece aguardar la respiración: la batería, el bajo, la guitarra, el piano, el saxofón, cada micrófono.

De pronto las luces más tenues, el estallido de los aplausos, aparecen los músicos y avanzan cautelosos a su sitio. Antonio espera, toma el micrófono principal de Thana, la vocalista (y esposa de Sánchez), y además del saludo menciona al público que este concierto no tiene protocolos como la música de orquesta, que lo que escucharán es su novela musical y que cada oyente puede gritar, aplaudir, llorar, sentir, no habrá cortes, así que disfruten del viaje hacia una majestuosa suite de jazz.

El primero en atacar es John al piano, sus manos surfean cada tecla como si de un oleaje se tratara, lo secunda Antonio y cada golpe de percusión es un fuerte donde rompen las notas apaciguadas de John, al unísono llegan Matt y Adam, las cuerdas del bajo y la guitarra son trampolines esta noche de cuya altura se lanzan estrellas rítmicamente a nuestros oídos y antes de zambullirse por completo, un saxo tenor capitaneado por Seamus aparece del fondo hasta llegar a la superficie para sentir la brisa que llega desde la voz de Thana.

El meridiano es un cuerpo de agua que nos envuelve en el imaginario jazzístico, un canal de energía que nos trasmuta, nos desplaza y nos lleva a geografías muy particulares. Y ahí estoy, sorpresivamente de pie, agitando los brazos, buceando estos mares melódicos, tratando de migrar también.

La última nota desfallece, estoy sudando, el público atónito no reacciona por algunos instantes, de pronto los gritos, las ovaciones, más aplausos. Pedro me observa, sabe de mi éxtasis, Belén sonríe y de su bolso extrae un termo con aguardiente que trajo antes de salir, doy un trago y despierto como de una ensoñación.

Pedro me palmea la espalda en señal de que es hora de regresar a casa a charlar los pormenores, a seguir escuchando alguna que otra pieza de Sánchez o capaz de Baker, pues esa pieza “Imaginary Lines” me recordó las texturas de aquel antiguo ángel desdentado o bien, «Pathways of the Mind» de más de veinte minutos, recordándome el estilo de composición de Miles Davis en «Right Off».

Salimos despacio de aquel recinto y una calle más arriba aparece Frida agitando la mano, se acerca, pide disculpas por no llegar a tiempo, pero propone ir a nuestro departamento a escuchar un poco de esa música que se perdió, todos aceptamos mientras asoma de su cazadora una botella de vodka.

Ahí estábamos, ahora los cuatro, otra noche en Guanajuato dispuestos a esperar el alba, mientras las colillas de cigarros se vuelven castillos en el cenicero, las cervezas se vacían, las conversaciones van y vienen en todas direcciones, otra anécdota, otra risa, otra noche de una suite de jazz, de esas, de las que ya no vuelven.  

Disfruten acá The Meridian Suite

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