“La deducción lógica era que había mucha gente que gustosa habría eliminado al profesor.”
Gerardo Pérez Escutia
Zona Oscura
Para quienes somos amantes de la novela negra, siempre es motivo de gozo la llegada de una nueva entrega de la saga del inspector Kostas Jaritos, personaje icónico y entrañable creado por uno de los grandes maestros del género noir en su vertiente mediterránea,Petros Márkaris.
El día de hoy toca reseñar la entrega número 16 de la saga: se trata de La ira de los humillados (Tusquets, 2025).
Jaritos aún se está adaptando a su puesto como director de Seguridad del Ática, en Atenas, con todo lo que conlleva: nuevas responsabilidades, trato más frecuente con el nuevo ministro de Protección al Ciudadano (a quien Jaritos considera “un engreído y un sabelotodo”) y más papeleo y burocracia. Afortunadamente, cuenta con Antigoni Ferleki a quien le dieron su antiguo puesto al frente de la Brigada de Homicidios y sigue siendo su mano derecha y apoyo incondicional en todo momento. Jaritos ya es abuelo, y como todo abuelo primerizo, hace de las visitas a su nieto Lambrostodo un acontecimiento y ritual. Así que, aunque aspira a una vida más reposada para disfrutar de su familia, sus cenas y su nieto, sabe que la convulsa Atenas siempre le deparará alguna sorpresa. Presiente los nubarrones de tormenta ante las protestas estudiantiles que se están gestando y que amenazan por desquiciar -aún más- a la caótica capital.
La situación se complica, pues las manifestaciones se van tornando violentas, causando destrozos en los recintos universitarios, y como las autoridades de la universidad no quieren enfrentarse a los estudiantes, están pidiendo apoyo a la brigada policial que dirige Jaritos. Los peores augurios se cumplen cuando Antigoni entra a su despacho y le anuncia que encontraron un cadáver en la facultad de Economía. El muerto ya fue identificado como Temistocles Rodakis profesor de Economía en la facultad. Al acudir a la escena del crimen, lo encuentran en su despacho colgado de una cuerda y empapado en sangre a raíz de un fuerte golpe en la cabeza. Al comenzar las indagatorias salta a la vista que el profesor asesinado no era nada querido en su entorno: era un tipo arrogante y autoritario que gustosamente humillaba a todo aquel a quien no consideraba de su estatura intelectual, particularmente era cruel con los estudiantes de humanidades a quienes consideraba parásitos fracasados.
Los interrogatorios a estudiantes, conocidos, su antigua esposa y una amante pasajera no hacen sino confirmar que Rodakis era una persona que hacía miserable la vida de quienes estaban a su lado. A su exesposa llevaba años arrastrándola por tribunales, peleándole el patrimonio que ella había heredado y la custodia de los hijos, su amante también vivió un infierno con él, y sus cada vez más escasos estudiantes habían pasado las de Caín para aprobar en sus cursos. La deducción lógica era que había mucha gente que gustosa habría eliminado al profesor. Jaritos y su equipo, puestos a investigar, atar cabos, y sacar conclusiones y dar con los culpables (la naturaleza del crimen indicaba más de uno), reciben otra pésima noticia: se encontró en un parque el cuerpo de Stefanos Rokkos, quien era secretario en el Ministerio de Educación. Lo emboscaron cuando hacia running y lo mataron con un golpe en la cabeza similar al que sufrió Temistocles Rodakis. La investigación que ya era un callejón sin salida se complica mucho más, pues todo indica que los autores de ambos crímenes son los mismos. El hecho de que ambos fueran destacados miembros del sistema educativo impulsa a Jaritos a dirigir su investigación hacia sus actividades y a buscar conocidos comunes, todo en medio de las protestas estudiantiles y de la presión de dos ministros (el de Seguridad y el de Educación) para encontrar a los culpables lo más rápido posible antes de que estalle la bomba mediática.
Como en las anteriores entregas de la saga, el autor no abusa de la violencia explicita, sino que la presenta como consecuencia de dinámicas y tensiones entre las diferentes capas de la sociedad griega. En esta ocasión, el asesinato de dos miembros de la comunidad educativa sirve para plantearnos problemas que aquejan a la sociedad occidental en su conjunto: la escasez de oportunidades laborales a todo aquel que estudia o se quiere dedicar a las humanidades, los cambios en los planes de estudio en las universidades que dan prioridad a las ciencias técnicas y económicas, formando una sociedad tecnócratica e individualista, que poco a poco va olvidando su historia y perdiendo su identidad.
Paralelamente a la investigación, somos testigos del día a día de Kostas Jaritos: disfrutamos con él su cruasán de la mañana y los deliciosos platillos griegos que le prepara diligentemente su mujer Adrianí; sus conversaciones y el placer de los detalles pequeños que llenan la cotidianidad.
La novela está estructurada de tal manera que cada capítulo es un día en la vida de Kostas Jaritos: vamos con él a su oficina, lo acompañamos durante sus pesquisas e interrogatorios, y al final del día convivimos con su hija, su yerno, su mujer y su nieto, momento que también dedica a la recapitulación de sus investigaciones y a divagaciones existenciales o a consultar su sempiterno diccionario Dimitrakos.
Toda la novela es una verdadera delicia. La trama está construida con precisión de relojero: la secuencia lógica de las indagaciones , los interrogatorios a testigos, y la elaboración de hipótesis de trabajo es impecable. Los personajes son sólidos y entrañables y, para nosotros -lectores latinos- muy cercanos en temperamento y actitudes.
Como en toda la obra de Petros Márkaris, la ciudad de Atenas, su perpetuo caos urbano y sus problemas sociales son el paraguas que cubre la historia, todo visto y narrado desde una perspectiva social en la que claramente se nota una preferencia por los sectores más golpeados y marginados de la sociedad griega.
Al final, Jaritos nos lleva a la resolución de los enigmas que surgieron en la trama y a encontrar a los culpables de los crímenes. En el Inter, también nos llevó a conocer y querer a su familia , a sus amigos que administran un refugio para gente sin hogar, y nos hizo reflexionar sobre lo importante que es tener un motivo de vida, una comunidad cercana y el goce de una buena comida al final del día.
Este es de esos libros que, al terminarlos, nos deja con una sonrisa en la boca.
Ilustración portada: Luna Monreal


