Regla de Tres

Un año más

El Festival Internacional de Cine de Morelia deja una duda esencial: ¿sirve el arte para algo más que para entretenerse, dárselas de (cool)to y jugar al selfie?

Un año más llega a su fin el Festival Internacional de Cine de Morelia. Y un año más un cierto decaimiento invade al paseante de domingo que observa cómo las calles poseídas hace apenas unas horas por una agitación especial, declinan ahora en combinación con los colores crepusculares de la tarde. Un declive que es la atmósfera de un mundo tomado nuevamente por la barbarie, y del que varias películas se hicieron eco durante la cita cinematográfica de la capital michoacana, películas como El agente secreto, La voz de Hind Rayab, Lo que queda de ti, Sirāt o Memoria de Los Olvidados, entre otras. Dos frases que escuché me hicieron pensar en ello: «Este año el festival está siendo un reflejo de la destrucción y el malestar del mundo», decía una; la otra redondeaba la misma idea con una metáfora: «Estamos viendo como espasmos de destrucción.»

Un año más el festival acaba con ese aire de fin de ciclo que tienen los rituales, y que en esta ocasión ha traído fantasmas y presagios de fin del mundo. Cuando regrese en 2026, ya todos habremos envejecido un año más, si es que aún todos estamos aquí, porque ¡cuántas cosas podrían ocurrir en un año! Ya son dos, de hecho, los que han transcurrido desde que se desató la masacre en Gaza. Así empezó, de hecho, esta edición del festival: con una declaración por la paz, en contra del genocidio de Israel y las acciones de Hamas. Palabras que algunos agradecieron, mientras que otros consideraron como puro humo y oportunismo mediático, al recordar que el año anterior el festival no había tenido reparos en invitar al director israelí Ariel Vromen, un declarado defensor de las acciones militares de Israel y coproductor del vídeo Trump Gaza, en el que, con IA, veíamos a la ciudad palestina reconvertida en destino para el turismo de lujo. ¡Ay, un año más el festival y sus contradicciones!

La llegada de Guillermo del Toro al festival este año con su Frankenstein de Mary Shelley, a mí me hizo pensar más bien en Stevenson con su Dr. Jekyll y Mr. Hyde. Y es que así suelo sentirme en estos eventos, escindido entre un ser que procura mantener la mirada desapasionada del investigador, y otro que se libra de sí mismo a través del credo furioso de un poeta indomable. Un poeta, por cierto, es el título de una película colombiana que logré ver el domingo y que explica, de alguna manera, a qué me refiero. Durante casi nueve días, he vivido de esa forma, duplicado entre el estudioso y el belicoso, pensando por el día en las películas vistas, cada una de las cuales me ha dejado una saludable y profunda herida, y enfurecido por la noche ante el recuento de inescrupulosas actitudes observadas: periodistas que usan a otros como negros literarios para escribir notas que luego firmarán ellos, distribuidores vetados por alguna garra negra de las alturas o achichinclesque siguen órdenes en una línea de mando que está mejor engrasada que la de Defensa. Todo ello fuera de foco, claro, un año más.

Al final, en esta clase de eventos, le digo a un amigo, sólo merece la pena confiar en las obras y en el arte que aún pueda sobrevivir en alguna. Lo digo sin convencimiento, la verdad, pues a mí mismo me amarga que en ellos el arte no alcance nunca a transformar la realidad, y quede reducido a un digno pretexto para hacer de la cultura un instrumento más del statu quo, de la reproducción de lo mismo y de los mismos. Eventos como el Festival de Cine de Morelia, en tanto que mercancías, suelen disociar el mundo estético y reflexivo que une a las obras con los espectadores, del amplio espacio de narcisismo, banalidad e interés que conforma la base material de su producción comercial. Es algo que ya había podido observar en otras ocasiones y lugares mientras realizaba mi tesis doctoral en antropología sobre el paso de la fama a la visibilidad, aunque eso no lo hacía más llevadero.

«Jorge Negrete, quien, incapaz de poner su moral a la misma altura que sus notas más agudas, abordó violentamente a Buñuel.» En la imagen, el actor y cantante junto a María Félix, en la exposición montada por el FICM en el Centro Histórico.

Un año más las películas han pasado y casi todo lo que merecería la pena conservar de ellas (que nada tiene que ver con premios y aplausos) pronto se olvidará. La realidad sigue su curso, en venta, y la vida continúa sin demasiados cambios. Memoria de los olvidados, de Javier Espada, recobra, por el contrario, el legado de alguien que sí creyó, al menos durante un tiempo, que ese cambio era posible, y que el arte podía propiciarlo. Se trata de la historia del largometraje de 1950 Los olvidados, de Luis Buñuel, y de su mala recepción por parte de la sociedad mexicana de su tiempo. Muy pocos querían saber entonces -pienso que las cosas no han cambiado tanto en estos setenta años- que el país no era sólo un paraíso de flores envuelto en la luminosa sonrisa de hermosas mujeres. Tal fue el caso de Jorge Negrete, quien, incapaz de poner su moral a la misma altura que sus notas más agudas, abordó violentamente a Buñuel para recriminarle su película, pues no aceptaba que aquel retrato fuera tan disonante con respecto a la secuencia de películas mexicanas que aparecían bañadas por un pintoresquismo que resultaba más acorde con la venta del país en el mercado internacional de la imagen. ¿A quién le importa la verdad si da más y mejores réditos vegetar en la mentira?

En un quiebre irónico de los acontecimientos, prácticamente la misma historia se repetiría diez años después con el historiador y antropólogo Oscar Lewis y su libro Los hijos de Sánchez, el cual provocó también una polémica semejante al revelar los entresijos de la pobreza de una familia del barrio capitalino de Tepito.Tal como lo cuenta el también historiador y antropólogo Claudio Lomnitz, Lewis intentó que Buñuel rodase una película a partir de su obra, algo a lo que éste se negó, no porque careciese de interés por el libro, el cual admiraba, sino porque ya había aprendido el precio que se paga por desafiar el retrato convencional que algunos fabrican de un país, y que muchos otros aceptan para intentar vivir sin demasiados sobresaltos, aunque sea instalándose en la mala fe. Además de las acusaciones dirigidas contra Lewis, entre las que estaba la de ser un agente del FBI interesado en desestabilizar el país, la hipocresía patriotera también se cobró otra víctima: Arnaldo Orfila, presidente del Fondo de Cultura Económica, quien fue despedido por haber publicado el libro, hoy una obra tan clásica en su ámbito como lo es la de Buñuel en el suyo, y por ser -al decir de sus detractores- un extranjero.

Un año más todo termina, pero nada se transforma, o como decía un filósofo francés de los 70: «Todo se permite, nada es posible». Y en ese infeliz cóctel de compromiso y vanidad, de cultura e impotencia, se acumulan los olvidos y se multiplican los olvidados. Las obras cinematográficas se consumirán entre el ruido de su estreno y la tumba de lo cotidiano. En ese aire de crepúsculo, flota una pregunta de la que casi nadie quiere hacerse cargo: ¿para qué sirve realmente el arte? El ruido mundano acallará la respuesta, un año más.

1 comentarios

omar vazquez carmona 22/10/2025 at 10:06

Excelente reflexión a nivel tsn profundo como nos has acostumbrado. Esclarecedor, a fondo y documentado.

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