Midnight Express trae desde la nostalgia a Giorgio Moroder, el creador del cyborg sónico, el padre del disco moderno
José Alfredo Barriga Juárez
MeloManía
Es una lástima, para las generaciones que vemos con nostalgia la década de los años setenta desde una torre digital, llegar a Giorgio Moroder sea siempre a través del dúo francés Daft Punk o bien, por una casualidad nacida en un bar poco concurrido que se resiste a dejar de transmitir música de esa misma época.
De cualquier forma, poco a poco estoy más convencido que la música es un tesoro naufragando en un espacio al que no se llega tarde ni temprano. Se llega simplemente, siempre y cuando uno esté dispuesto a escuchar, así sea 1947 o lo que nos depare en un cercano 2048.
A Giovanni Giorgio Moroder se le ha descrito como el pionero de la música electrónica, el compositor que humanizó las máquinas, el creador del cyborg sónico, el padre del disco moderno y seguramente con otros motes de esta misma naturaleza. Sin dejar de lado, que fue uno de los productores más prestigiados en una larga lista de artistas como Led Zeppelin, Queen,The Rolling Stones, Electric Light Orchestra, Iron Maiden, Marc Bolan & T.Rex, Deep Purple, Rainbow y Elton John.
Y aunque muchos de estos motes que se le atribuyen sean debatibles desde una cuestión más subjetiva que absoluta, una cosa es cierta: llevó al límite sus sintetizadores dentro y fuera de la pista de baile a través de la música disco.
El periodista neoyorquino Peter Shapiro en su libro La historia secreta del disco, define el impacto de este género como una revolución contracultural. En sus palabras, la música disco marcó un hito en la integración de comunidades históricamente marginadas, originando así un gran rechazo a los valores establecidos en ese contexto estadounidense.
La música disco no fue sólo brillo, lentejuelas y bolas de espejos: fue una revolución en toda regla. El mismo Shapiro fue testimonio de cómo el disco rompió barreras y encendió la pista de baile como un espacio de libertad total, donde lo racial, lo sexual y lo social se mezclaban sin pedir permiso.
En mi caso, llegar a Moroder fue posible por medio de la obra Midnight Express, la cual encerraba una suerte de muñeca rusa, matrioshka, pues se desplegó de muchas formas: la lectura de Billy Hayes, la película de Alan Parker y, por último, el álbum del italiano.
Como punto de partida, Mignight Express es un libro de Billy Hayes, en el cual narra desde su experiencia autobiográfica su encarcelamiento en Turquía y cómo logra escapar de ahí. La historia sucede en 1970 cuando él, siendo estudiante, fue atrapado en el aeropuerto turco cuando intentaba contrabandear hachís, algo muy común en aquella época.
Sin embargo, en 1975 Hayes logra escapar hacia Grecia, desde donde fue deportado a los Estados Unidos después de varias semanas de detención e interrogación para obtener datos sobre Turquía.
Meses después de su publicación en 1978, Oliver Stone se encuentra con esta novela y sin pensarlo tanto, elabora un guion cinematográfico que más tarde será dirigido por el director Alan Parker.
La película termina siendo un retrato desgarrador y visceral, con una visión que se acerca al documental. Dibuja un protagonista que durante esta experiencia carcelaria va perdiendo su esperanza de vivir no sólo por la angustia de la celda, sino por el hecho de saber en qué ciudad está esa celda.
Además, esta visión de Parker se intensifica dramáticamente gracias a la composición musical electrónica a cargo del mismísimo Giorgio Moroder, cuya participación tuvo como consecuencia recibir el primer Óscar en su carrera a la mejor banda sonora gracias al tema The Chace, considerado ahora un hito en el desarrollo del hi-NRG.
No obstante, una vez explicada esta matrioshka, es importante señalar que Billy Hayes no estuvo tan de acuerdo y convencido de la adaptación de Alan Parker. La película se disfraza de un patriotismo exacerbado en medio de un contexto donde el uso de drogas se entrelazó con las tensiones militares, especialmente con la guerra de Vietnam y el inicio de la «guerra contra las drogas» en Estados Unidos.
No es gratuito que, a pesar de que la historia de Billy Hayes encuentra, justamente, su conflicto cuando quiere contrabandear hachís a New York como todo joven estadounidense, Parker retrate una Turquía cruda, salvaje y hasta cierto punto adicta, asumiendo un papel de juez y verdugo.
Por otro lado, la película también avivó las discusiones sobre la naturaleza de la justicia y cómo el castigo puede ser desproporcionado al crimen, dependiendo del país en el que se administre. La brutalidad retratada en la prisión turca generó una gran indignación y atención a la situación de los prisioneros en el extranjero, sobre todo, cuando se les encontraban sustancias como hachís, heroína, metanfetamina y psicodélicos.
El valor estético de la banda sonora por parte de Moroder es innegable, pero creo que no se dio cuenta del todo, cómo un género del cual sería piedra angular, sirvió para desde los intereses de Parker como una oportunidad única para tratar de esconder la miseria setentera de Estados Unidos culpando a Turquía. Un viejo truco que está muy lejos de detenerse porque es efectivo a través del cine, de la música, del entretenimiento en general.
Banda sonora Midnight Expres


