“…en los sótanos de su mansión oculta un sórdido secreto que constituye su verdadero motor existencial.”
Gerardo Pérez Escutia
Zona Oscura
En las décadas de 1970 y 1980 surgió en Francia una tendencia que renovó la novela negra: el Movimiento Neopolar. Este le dio un giro a la tradición de Hammett, Chandler o Simenon, ya no tan centrada en la intriga criminal y la resolución del enigma, dotándola de un fuerte enfoque político, social y crítico.
Sus impulsores buscaban un género más comprometido con la realidad francesa de la época: la violencia política, las luchas obreras y la corrupción del Estado. También pusieron el acento en la violencia urbana, la marginación, el racismo y el consumo de drogas.
Las tramas se desarrollaban en ambientes oscuros y realistas, con personajes ambiguos y más cercanos al antihéroe. Entre sus exponentes ya hemos recomendado en esta columna a Jean-Claude Izzo, con su espléndida trilogía marsellesa, una obra que amalgama como pocas el noir con un lirismo mediterráneo pletórico de sensualidad.
En esta ocasión hablaremos del que quizá sea el autor más oscuro del Neopolar: Thierry Jonquet (París, 1954-ibídem, 2009), y de dos de sus obras (por desgracia, no muchas han sido traducidas al español). Ojalá la lectura de su magnífico trabajo motive la traducción de otras de sus novelas.

Jonquet llegó a la novela negra a principios de los años ochenta, después de trabajar en el ámbito hospitalario como ergoterapeuta en una unidad de geriatría y en un hospital psiquiátrico. Seguramente, la cercanía con la muerte y el dolor que vivió en esa etapa le brindó la materia para configurar algunos de los elementos más sórdidos de su obra: cuerpos mutilados, ausencia de esperanza y personajes atormentados.
De él, como novelista, algún crítico llegó a decir que “lleva la rabia en las tripas”, ya que sus libros no rehúyen la crueldad, lo grotesco ni el envilecimiento, caracterizándose por un realismo casi clínico en sus descripciones, siempre con un trasfondo sutil de crítica social.
Hoy vamos a recomendar dos de sus obras disponibles en español: Tarántula (Gallimard, 1984) y La bestia y la bella (Gallimard, 1985).
Richard Lafargue es un exitoso cirujano plástico, frío, calculador y poderoso, que vive en una casona aislada en los suburbios de París. Pasa sus días entre las dos clínicas donde trabaja y los fines de semana visita a su hija Viviane, internada en un hospital psiquiátrico privado. Sin embargo, todo esto no es más que una fachada, pues en los sótanos de su mansión oculta un sórdido secreto que constituye su verdadero motor existencial.
Eva es una joven y bella mujer: de día, una lánguida burguesa; de noche, una dominatriz que cumple y hace cumplir las perversiones de sus clientes. Su oficio, su identidad y su pasado encierran un oscuro misterio que se convierte en el núcleo de la historia.
Vincent es un adolescente marginal dedicado a pequeños hurtos y trapicheos. El azar lo lleva a cruzarse con el refinado Richard Lafargue, encuentro que marcará el destino de ambos y dará origen al oscuro drama de esta novela.
La trama se narra desde las voces de Richard, Eva y Vincent mediante saltos temporales, ofreciendo cada uno su perspectiva de los hechos. Así se construye un relato opresivo y angustiante donde el poder y la sumisión, la venganza, la identidad y la transformación corporal dan forma a una historia tan intensa que deja al lector en estado de shock.
Una novela ya clásica, de la cual Pedro Almodóvar hizo una versión libre en su película La piel que habito. Una lectura imprescindible para todo amante del género negro.
La bestia y la bella
A diferencia de Tarántula, esta obra muestra un lado más satírico del autor. La trama se desarrolla en un barrio obrero del extrarradio de París y aborda una serie de crímenes que escandalizan a toda la comunidad por la brutalidad con que fueron cometidos, al tiempo que desnudan las profundas carencias sociales, afectivas y económicas de los personajes.
La historia comienza con la exhumación del cadáver de un niño, “el chaval”, a petición de su familia, que sospecha que su muerte no fue accidental -no se debió a una caída del tren-, sino que forma parte de la ola de crímenes recientes.
El comisario Gabelou, viejo policía curtido, realiza la diligencia convencido de que pierden el tiempo. No quiere, además, darle material al “rompehuevos”, un periodista de nota roja, no muy inteligente pero sí tenaz, que todos consideran un ave carroñera por su capacidad de llegar siempre primero a las escenas criminales.
El viejo León, un vagabundo detenido en la comisaría, es testigo clave de la serie de homicidios, pues convivió durante varios meses con “el culpable”, quien lo refugió en su casa antes de dar rienda suelta a su locura criminal. Hasta el momento, Gabelou no ha conseguido sacarle nada en claro, ya que el viejo León no coopera por la lealtad que siente hacia su protector.
Las víctimas fueron: la vieja (una tendera avara y odiada por todos), el dependiente (empleado de la carnicería del barrio), el visitante (supuesto amante de Irene, esposa del culpable) y la misma Irene.

El relato es una historia satírica y a ratos demencial sobre la interacción de víctimas y victimario, que se convierte en una galería del horror y la degradación a la que pueden llegar ciertas personas en circunstancias extremas. A pesar de su crudeza, la obra logra arrancar carcajadas gracias a las distintas perspectivas de sus protagonistas, en especial la del viejo León con su visión de homeless, cuya expectativa vital se reduce a conseguir comida y un sitio donde dormir.
Se trata de una novela coral, narrada a varias voces que ensamblan un rompecabezas criminal transformado en sátira feroz, donde lo grotesco y lo marginal emergen con fuerza. Jonquet combina el polar con el humor negro, mostrando cómo un error trivial puede destapar la monstruosidad latente en lo cotidiano.
Esta obra fue seleccionada por Gallimard para ocupar el número 2000 de su célebre colección Noir. Junto con Tarántula, constituye uno de los ejemplos más representativos del Neopolar.
Los invito a leer ambas obras: novelas cortas, intensas y sin desperdicio alguno.
Ilustración portada: Pity


