Este lugar en Cuba se convirtió en un lugar de resistencia cultural por excelencia ante la prohibición del ritmo sincopado
José Alfredo Barriga Juárez
Melomanía
Durante el mes de mayo, exactamente de hace ocho años, disfruté de una pequeña estancia en La Habana, Cuba; el motivo: negritud en la literatura latinoamericana, aprender a jugar dominó doble nueve y, por supuesto, sintetizar un recorrido cultural de la isla, disfrazado de noches de ron, caminatas por el malecón a altas horas de la madrugada y visitas a los espacios más recónditos de la música cubana.
Uno de esos viernes, en los que terminaba de leer un par de ensayos de César Leante en mi habitación de la avenida Infanta y el café había surtido efecto a las nueve de la noche, me dispuse a salir para conocer uno de esos templos sonoros.
Me dirigí a la concurrida calle 23, entre O y N de Vedado, y ahí, frente a su puerta, como viejo ritual ya practicado, abrí cuidadosamente la caseta telefónica rojiza, de esas que Giles Gilbert Scott posicionó como símbolo británico después de ganar un concurso en 1924.
A modo de entrada subterránea y con un afiche que mostraba la programación de la noche, se anunciaba en un rótulo luminoso La Zorra y el Cuervo, uno de los jazz club más importantes no sólo de La Habana, sino de la isla entera.
Como desdichada costumbre, en 1957 Cuba vivía fuertes represiones por el régimen de Fulgencio Batista, una de las épocas más oscuras de su historia. Al mismo tiempo, se respiraba una atmósfera cultural al estilo New York: intelectuales, cine negro, bohemia y tensión política, elementos idóneos para que surgiera Habana 1900, primer nombre del ahora, internacionalmente reconocido La Zorra y el Cuervo.
Hasta el día de hoy, no se sabe con exactitud quiénes fueron todos sus fundadores, sin embargo, el crédito siempre se inclina hacia Bobby Carcassés, el gran show man de Cuba, uno de los músicos cubanos precursores del jazz afrocubano, conocido como latin jazz y del jazz timbero. Y esta medalla que se le ha colgado, es porque en su historia personal también se le atribuye la apertura del Teatro Musical de La Habana y el Jazz Club Lucky Bar.
En ese mismo año de la fundación de este jazz club, no era gratuito que José Lezama Lima, el gran intelectual y esteta cubano, publicara La expresión americana, un ensayo fundamental para el pensamiento sobre la identidad latinoamericana del siglo XX.
En él, Lezama reivindica el barroco como estilo natural de América, porque representa la mezcla, la exuberancia, lo contradictorio, lo mestizo. Frente al clasicismo europeo, el barroco es una estética de la resistencia cultural. En este sentido, América encuentra su propia voz.
Y hago mención de ello, porque el jazz, malamente, no conforme con su origen colonial, racial y periférico en los Estados Unidos de la compleja América blanca, ahora se tomaba como símbolo imperialista desde el Caribe.
El mismo Milán Kundera, escribiría años después en su ópera prima La broma, un relato satírico de la naturaleza del totalitarismo en la era comunista y criticó rápidamente la invasión soviética en 1968. A través de su protagonista Ludvick, denuncia amargamente que el jazz se convirtió en el símbolo del capitalismo occidental, según la antigua Checoslovaquia.
Esta observación del escritor checo no se aleja de las experiencias de vida de leyendas vivas cubanas como Paquito D’ Rivera, quien en 1962 se le prohibió en Radiocentro de La Habana grabar una sesión de jazz, pues cuenta él mismo en su libro Mi vida saxual:
Aquella orden arbitraria que me prohibía grabar, no tenía nada nuevo. Ya había sucedido antes en los tiempos de Stalin, cuando se les exigiera a los músicos rusos de la época cambiar sus «decadentes saxofones occidentales por fagotes, oboes y otros instrumentos más a tono con el momento histórico».
En ese sentido, La Zorra y el Cuervo se convirtió en un lugar de resistencia cultural por excelencia. Pues el mismo saxofonista antes mencionado, D´ Rivera, inmutado por dicha prohibición, llevaría su combo Los Chicos del Jazz a los escenarios de este club.
Paquito D´ Rivera junto a Amadito Valdés, Nicolás Reinoso y Rembert Egües, estarían cada fin de semana, durante inicios de los años sesenta, interpretando un repertorio débil en lo estético, pero profundamente contestario en lo político. Pues si en el jazz se veía un símbolo imperialista cultural, Paquito y sus chicos del jazz, hacían de estas sesiones, una acción de libertad y autonomía intelectual que contrastaba con el totalitarismo y la represión del sistema político cubano.
Sin embargo, las noches del jazz club han quedado en la historia musical y política gracias a presentaciones memorables de artistas como: Chucho Valdés; Harold López‑Nussa; Roberto Fonseca; Dayramir González; Yissy García; Jorge Luis Pacheco; Yasek Manzano; Emilio Morales; Robertico Carcassés, José Portillo; los hermanos Valdés (Jesús, Oscar, Lázaro); Gonzalito Rubalcaba, George Benson, Wynton Marsalis, Ron Carter, Ronnie Scott y Arturo O’Farrill Jr.
La Zorra y el Cuervo no es sólo un club de jazz, es un símbolo de la rica tradición musical de Cuba y un testimonio cultural de resistencia. Y, casi por obra del mismo destino, su nombre, proveniente de una fábula de Esopo, cobra mucho sentido ahora en la distancia, pues hay que ser astutos para no pensar en la vanidad ideológica de unos cuantos y resistir al tiempo, a través del jazz.


