Regla de Tres

El mago del Kremlin

“Cuando se desintegró la Unión Soviética, Baranov era un joven de dieciocho años. Gorbachov les había quitado todos los privilegios a los funcionarios del partido…”

Vadim Baranov, a quien se le conocía como el “nuevo Rasputín” o el “hechicero o mago del Kremlin”, pasó de vivir la gloria de la estrecha cercanía con el poder y ser el consejero más influyente del zar, al ostracismo total. Sobre su destino corren leyendas y relatos fantasiosos: hay quien dice que se retiró a un monasterio del monte Athos, o que lo habían visto en el Donbás o entre las ruinas de Mogadiscio; lo cierto es que se encontraba en un retiro cercano al centro del poder que tanto disfrutó, al alcance de la larga y poderosa mano del zar. Esta es su historia, narrada por el mismo.

La vida de Baranov corrió paralela a la de los últimos años y caída de la Unión Soviética: nieto de un Aristócrata Zarista que fue miembro de la guardia del zar a los dieciocho años, hombre orgulloso y cínico, misántropo y cultísimo, toda su vida acérrimo enemigo del comunismo, e hijo de un padre que fue destacado funcionario y miembro del Partido Comunista, con una personalidad gris, recelosa y oscura como buen funcionario soviético, víctima perpetua del temperamento vitriólico y mordaz del abuelo.

Durante su niñez vivió entre los privilegios que les correspondían a los altos funcionarios del partido y que su padre gozó durante muchos años: chofer y auto del partido, la kremliovka (cesta de víveres cotidiana reservada para los miembros y altos funcionarios del comité central). Así que, a diferencia de muchos de sus contemporáneos no se puede decir que haya tenido una niñez infeliz o llena de privaciones. Creció principalmente bajo la influencia de su impetuoso abuelo, que además de sus ideas políticas le inculcó el amor a los libros y a la cultura clásica, principalmente a la francesa a quien consideraba el súmmum del pensamiento occidental.

De su padre aprendió el sentido práctico y acomodaticio en un mundo donde lo que importaba no era la riqueza ni el dinero: lo que realmente importaba en Rusia era el privilegio, la proximidad al poder; todo lo demás era secundario, tanto en los tiempos del Zar, como en los años comunistas. También supo por su padre que el privilegio dentro del partido era una forma de esclavitud con la que el zar en turno se aseguraba de la lealtad absoluta de sus “súbditos”.

Cuando se desintegró la Unión Soviética, Baranov era un joven de dieciocho años. Gorbachov les había quitado todos los privilegios a los funcionarios del partido, y su padre perdió todas las prerrogativas que tenía: solo conservó el piso en que vivían. En esos años convulsos, el joven Baranov aprendió a sobrevivir en una incipiente economía de capitalismo salvaje, en donde fueron formándose los futuros oligarcas que se adueñarían de Rusia en pocos años.

Le fue tan bien que llegó a ser el sostén de su casa con sus trapicheos, mientras su padre languidecía de melancolía “como las ruinas de un templo abandonado”. Al mismo tiempo estudió teatro y comenzó a relacionarse con los nuevos ricos que surgieron del caos. Moscú en los noventa era una ciudad electrizante: la naciente burguesía copiaba de Occidente sus peores vicios y los multiplicaba en una sociedad sin contrapesos. Terminó sus estudios y se convirtió en productor teatral, y en ese ambiente efervescente su paso natural fue cambiar el mundo del teatro por el de la televisión, lo cual en sus palabras fue como “pasar de un carruaje tirado por caballos a un Lamborghini”. Ese mundillo artístico, siempre emparentado con el poder, lo llevó a conocer funcionarios cercanos al muy disminuido y alcoholizado Borís Yeltsin, del cual ya buscaban el candidato ideal para sucederlo.

Baranov, pronto se hizo célebre como productor de realities. Su audacia, inteligencia y don de gentes no pasaron desapercibidos para algunos de los nuevos oligarcas, entre ellos Boris Berezovski, dueño del canal más poderoso de la TV rusa y personaje muy cercano e influyente en el Kremlin. En esos convulsos años fue conformándose una corriente política que buscaba crear unidad dentro del caos, pronto se dieron cuenta de que el pueblo ruso, más que añorar los años soviéticos, añoraba la sensación de unidad y poder que les daban sus viejos líderes. En en encuestas a la población, los “héroes de la patria” siempre eran Stalin, Lenin, Iván el Terrible y Pedro el Grande, y esto les dio la pauta para buscar al candidato ideal a suceder al viejo y enfermo “Oso” que aún detentaba el poder, y evitar que los “comunistas” regresaran al gobierno.

Así fue como, en un día particularmente sombrío, Berezovski llevó a Baranov a la sede de la FSB, la antigua y temible Lubianka, a conocer al jefe de la extinta KGB, “un joven competente, moderno, exactamente lo que Rusia necesitaba”. Los hicieron pasar a un austero despacho, y ahí Baranov conoció al ocupante del gabinete: “un rubio pálido de rasgos desvaídos, enfundado en un anodino traje gris, con cara de atareado y con una media sonrisa sarcástica en el rostro”… Vladímir Putin.

Esta es la primera parte del relato que da forma a la novela El mago del Kremlin (Seix Barral, 2023) de Giulano da Empoli, autor italiano-suizo que con esta novela se hizo acreedor al Gran Premio de la Novela de la Academia Francesa y al premio “Honoré de Balzac”. Pronto se convirtió en un fenómeno literario superventas.

El día en que Baranov conoció a Putin su vida cambió. Su astucia, su cultura, su falta de escrúpulos y su gran conocimiento de los resortes que mueven a las masas lo convirtieron en su asesor más cercano e influyente, desplazando al propio Berezovski quien tiempo después, ya con Putin en plenitud de poder, caería en desgracia.

Por las páginas de la novela vemos pasar la historia de la Rusia actual, con todas sus intrigas palaciegas, sus luchas intestinas y descarnadas por el poder. Aprendemos que en la Rusia heredera del Soviet y los Zares, el poder es diferente al de Occidente: aquí el poder lo es todo, es un poder “holistico” y vertical, donde el concepto de democracia es secundario. El pueblo ruso había crecido en una patria y ahora se encontraba viviendo en una especie de supermercado, y ansiaba el orden que durante siglos le había dado significado al poder en Rusia. Este sentimiento no encontró mejor representante que en el nuevo zar, Vladímir Putin, y Baranov fue durante algunos años la “eminencia gris”, el hombre detrás del poder que supo fungir como interprete de la voluntad popular, e instigador y operador del “puño de hierro “ de Putin.

Esta novela es un fresco deslumbrante, una parábola del poder que va más allá de la Rusia actual; un relato muy erudito, una verdadera montaña rusa intelectual y emocional, plagado de referencias históricas, literarias y musicales que nunca se hace denso. Al contrario, se lee como un thriller vertiginoso, lleno de intrigas y peligros, mezclando personajes reales y ficticios y ahondando en su psique y ambiciones, con una lente que desnuda cualquier recoveco de su personalidad. Todo ello habla de una labor de investigación muy exhaustiva de parte del autor, lo cual hace que, como lectores, disfrutemos cada página, pues en todas encontramos referencias, guiños y citas que nos sorprenden, que junto con el argumento y la solidez de los personajes vertebran una gran novela, llamada a convertirse en lectura obligada para quien quiera entender al poder en su sentido más puro y descarnado.

PS. Me acabo de enterar de que en el festival de Cine de Venecia se presentó, fuera de concurso, la película basada en esta novela. Habrá que verla y evaluar si hace honor a la calidad de la obra.


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