Las ciudades son lugares de heterogeneidad que nos hacen pensar en nuestra condición migrante y en cómo convertir la coexistencia en convivencia.
David Ramos Castro
La Colmena Urbana
Ciudades, metrópolis y urbanización
Pensar en las ciudades implica reflexionar acerca de un capítulo relativamente reciente en la historia de nuestra especie, un relato que involucra espacios, travesías y tiempos, pues muchas ciudades han sido un lugar de llegada y el enclave de una particular mezcla de procedencias, algo que, sin embargo, no las hizo proliferar inmediatamente ni tampoco facilitó en ellas la convivencia intra muros. Más que la regla, durante miles de años las ciudades fueron una realidad excepcional para la mayoría de los seres humanos, quienes continuaron viviendo en el campo de los frutos que extraían laboriosamente a través del cultivo de la tierra y la domesticación del ganado, como afirmó el historiador Arnold Toynbee. Pero tampoco esa mezcla de orígenes evitó la desigualdad, la segregación o el conflicto; a veces, incluso, lo avivó. Toynbee abordó el asunto en dos interesantes libros: Ciudades de destino (1967) y Ciudades en marcha (1973), en los que el movimiento y la dirección se conjugan para responder al ideal de progreso civilizatorio de su autor.
La diversidad interna de las ciudades convierte en un error amalgamarlas sin atender a sus diferencias de tamaño, época, emplazamiento o rasgos culturales. ¿No fue acaso esa clase de fallo el que en parte propició que prodigiosos lugares como Tenochtitlán fueran destruidos, precisamente porque resultaron incomprensibles para los modelos mentales de los conquistadores peninsulares del siglo XVI y de los colonizadores posteriores? Una equivocación que aún ahora cometemos al pensar en la ciudad fijándonos exclusivamente en ciudades europeas o norteamericanas. Quienes sostienen, por ejemplo, que ha sido errado basarse en México en la gran megalópolis norteamericana, proponiendo inspirarse esta vez en las ciudades europeas contemporáneas, sólo duplican, en este sentido, el yerro. Toynbee salvó parcialmente el escollo incluyendo en su pesquisa ciudades de todo el mundo, si bien su clasificación de ciudades-Estado, ciudades-capitales y megalópolis muestra que el «destino» y la «marcha» seguían unidos para él a una visión progresiva de la historia.
Un aire de familia con la sintética obra del gran historiador nos lo brinda el reciente libro Metrópolis: una historia de la ciudad, el mayor invento de la humanidad (2022), de Ben Wilson, otro historiador y divulgador británico, quien reconoce los enormes contrastes sociales que anidan en los contextos urbanos actuales, sin dejar por ello de recalcar el carácter metropolitano que guía su proceso de transformación más reciente, algo que vuelve a recordarnos a Toynbee, cuando escribía: «Ahí tenemos lo que será el problema principal de la humanidad si conseguimos eliminar el peligro actual del suicidio en masa de una guerra atómica. Este problema de la urbanización es el que nos abruma ahora». Un pronóstico que sorprende por su vigencia, tanto por la retórica de la aniquilación, que hoy ha vuelto a revivir, luego de que la creyéramos hasta hace poco muerta y enterrada, como por los discursos que nos obligan a distinguir, con más énfasis todavía que cuando el viejo historiador británico publicó su libro, entre ciudad y urbanización.
En efecto, al referirnos hoy a las ciudades, debemos tener presente que el contexto se revela muy distinto a aquel que fue habitual durante siglos para hablar de ellas; en primer lugar, porque la historia misma de las ciudades se ha visto profundamente alterada por su paulatina adaptación a la «glocalización» -transnacional y «transurbana»- que subordina sus particularismos a una mera lógica de producción y acumulación de capital; y, en segundo término, porque esa misma lógica es la que ha llevado el proceso de urbanización allende los contornos de los enclaves propiamente citadinos, de modo que lo urbano no se detiene ya en la ciudad ni se opone forzosamente a lo rural. Es algo que el filósofo Thierry Paquot ha recordado en una entrevista reciente en el canal Metabolism of Cities, y que él mismo había ya señalado hace años al referirse a una «subordinación total del campo a la economía de mercado globalizada, a una competencia desenfrenada entre ciudades para retener o atraer industrias, y a la difusión de comportamientos y valores citadinos al conjunto de toda la población».
Sea como fuere, para ninguno de estos cambios la acción de migrar resulta indiferente, pues, como anota Paquot, los gustos y consumos urbanos se difunden precisamente «víalas migraciones, el turismo, la escuela y la televisión». «Estamos asistiendo a la mayor migración de la historia, la culminación de un proceso que se ha extendido a lo largo de seis mil años», escribe, por su parte, Wilson en la introducción de su libro, donde calcula que dos tercios de la humanidad vivirán en ciudades en 2050. Un desplazamiento cuya envergadura y heterogeneidad presupone el conflicto y la perentoria necesidad de un reensamblaje social incesante dentro del espacio metropolitano. Tal vez por esta razón, las metrópolis posean las condiciones idóneas para evitar que el extremismo identitario utilice la coartada cultural como excusa para eludir su responsabilidad con una idea de sociedad que pueda ser permanentemente discutida, pero que al mismo tiempo sitúe la convivencia como prioridad, algo que exige retomar el rigor de los conceptos de sociedad y cultura. Ese desafío metropolitano sigue esperando hoy una respuesta parcial; mientras tanto, puede servirnos para evocar éxodos muy anteriores a la aparición de las ciudades.
De migraciones, migrantes y ciudades futuras
La pequeña gran historia de nuestra especie comienza, de hecho, con migraciones mucho más antiguas que la tímida aparición de los primeros agrupamientos urbanos. Lo hace remontándose de dos a cuatro millones de años atrás, cuando un primate se separó de sus antecesores y encaminó sus pasos hacia un nuevo e incierto rumbo evolutivo. El Homo sapiens sapiens fue resultado de ese proceso, el cual nos convirtió en un homínido más y nos hace aún ahora partícipes de la supervivencia ganada en una muy lejana existencia, y hasta coexistencia en algún caso, con diferentes congéneres que nos precedieron. Aunque hoy hayan desaparecido, ellos perviven todavía en la herencia interna que nos legaron y sin la cual nuestra vida sería inimaginable. Así, debemos literalmente nuestro estar aquí al Homo habilis, diestro fabricador de utensilios; al Homo erectus, viejo productor de fuego, al Homo Neanderthalensis o al Homo de Denisova, antiguos vecinos que dejaron grabadas en nosotros las huellas de sus remotos cruces carnales.
Se trata de una historia pequeña y grande a la vez: pequeña por humilde, pues concierne a un simple animal entre más de siete millones de otras especies; y grande en cuanto que encierra al mismo tiempo una prodigiosa singularidad que hizo a nuestra especie capaz de esparcirse por toda la tierra, junto con muchas de sus creaciones (incluidas, a partir de cierto momento tardío, las ciudades). En este sentido, la vida de sapiens es el legado vivo de una supervivencia y una extensión insólitas del humano por los cuatro continentes, resultado de una serie de migraciones que tornan impensable a nuestra familia biológica sin la lenta pero incesante marcha que emprendieron nuestros antepasados hace milenios rumbo a otros territorios. Lo hizo Homo erectus hace un millón de años, y lo siguieron haciendo los sapiens que decidieron salir de su cuna africana mucho tiempo después, entre 70.000 y 100.000 años atrás, dando así razón al poeta que escribió: «porque es nuestro el exilio. No el reino.»
En estos días, cuando asistimos a la criminalización que perpetran varios países en contra del migrante, quien se ha convertido en un chivo expiatorio de la crisis mundial y en la diana de una violencia fanática y despiadada, conviene combatir la mala voluntad y las falsedades que la alientan con ese recuerdo de nuestra génesis antropológica y su matriz migrante. Eso sin perder de vista que quienes actúan olvidándolo, suelen ocultar mucho más de lo que muestran, con lo que redundan en su mala fe. Así, el arbitrario y atrabiliario gobierno estadounidense que se ensaña diariamente con la población latina y mexicana, principalmente, por medio de discursos radicales y falaces, nada dice, en cambio, sobre las contribuciones de la población extranjera a la economía del país, que hace tan sólo tres años aportaron 578 billones de dólares entre impuestos federales, estatales y locales, según cifras del American Immigrant Council, y casi 90 billones más al año siguiente en impuestos provenientes de inmigrantes indocumentados, de acuerdo con datos aportados por la misma institución.
Pero si hay una gran falsedad en todo este asunto -insisto en ello-, y que ya no es privativa de Estados Unidos, sino común a todos los discursos nacionalistas y xenófobos que ganan fuerza estos días en varios países del mundo (Hungría, Polonia, Francia, Italia, España…), es la que tiene que ver con la propia realidad histórica y antropológica de la migración. Hacer, pues, del migrante el culpable del malestar de los Estados nacionales, como si la migración fuera una condición anómala y debiéramos segregar «naturalmente» a un pretendido «nosotros» de un supuesto «ellos», es resultado no sólo de ignorancia, sino de una voluntaria indecencia moral; una argucia para legitimar la violencia en contra de aquellos que ya fueron previa e históricamente violentados, y una cobarde astucia de los verdugos para esconder a toda cosa que también ellos provienen de alguien que una vez emigró hacia algún lugar desconocido y con un incierto futuro.
La urbanización, las ciudades y, sobre todo, las metrópolis deben afrontar esta situación como condición de sus dilemas actuales y futuros. De lo contrario, y permítanme aquí ceder un poco al tono psicoanalítico, padecerán lo reprimido viéndolo retornar como síntoma de un mal que se arriesga a volverlas cada vez más desiguales, injustas y violentas; en una palabra: invivibles. Como invención humana, las ciudades deben admitir que su marcha o su destino, que ya de por sí supone un conjuro contra la idea de sedentarismo, pasa antes por reconocer que pertenecen a una especie que se forjó migrando, y cuyos hábitats (los urbanos incluidos) deben guardar alguna memoria de ello.
Ilustración portada: Reco


