“Ya para llegar al nivel del mundo, pasa unos cuantos escalones arriba un policía. ¿Por qué no piensan en los discapacitados?, le digo.”
Nektli Rojas
Narrando el Género
Parezco araña. No, las arañas son delgadas: perezco chango panzón por los barandales de la Secretaría. Ni siquiera se me ocurre maldecir.
El día anterior, vi en el sitio web del Ayuntamiento que el pago de mi trámite se podía hacer en línea. Perfecto, me dije aliviada: tiempo ahorrado y una vuelta menos. Reuní los documentos que me pedían, escaneados y convertidos en pdf. Esto y eso y aquello y lo de más allá. Los subí a la plataforma. Pero la orden de pago la daban hasta que alguna persona misteriosa hubiera revisado los archivos. Dejé pasar una hora, entré de nuevo. Nada de orden de pago.
Temprano y sin desayunar, me monto en la plataforma, busco por todos lados, hasta en lugares donde es ilógico que pueda estar una orden de pago. Claro, ahí estaba, reluciente en pantalla, con una leyenda que decía páguese en banco o en transferencia. Pero, si transfiere, vaya por el comprobante al banco al otro día. ¿Cómo? ¿Que no era trámite online? Me resigno, imprimo, me pongo en marcha hacia el bendito y lleno de tráfico centro de la ciudad.
En el banco, una señorita muy amable me dice que no coinciden las fechas, que ya se me venció el plazo y que le es imposible cobrarme. Estoy a varias cuadras de la Secretaría, sita en ese proyecto de modernización tan cantado, en que se transformó la antigua central camionera. Paso tras paso, como dice la canción, entro al complejo, detrás de los juzgados.
Con ternura recuerdo que enfrente de ellos, en los baños públicos, había presentado Emmanuelle su libro. No hay que creer en los buenos presagios. La Secretaría queda después de una explanada enorme y llena de sol, en un primer piso. No es grave. A colgarme un poco de los barandales, pero con cierta dignidad, confiada en que a las personas que bajan y suben les pasan inadvertidos mi cansancio e incapacidad. Llego a la ventanilla jadeando, sudando y (lo peor) sin aire para poder explicar mi caso.
Me pasan con un chico muy amable (la persona misteriosa que había revisado mis documentos) a un escritorio en donde la única silla que había era la que él ocupaba. Bla, bla, bla, le digo. “No se preocupe. Ahorita le expido otra orden de pago y pasa a pagar aquí mismo, al sótano”, contesta sonriente desde sus veintitantos. Yo también me pongo contenta. No tengo que regresar al banco.
Desciendo y me encuentro con que no hay más escaleras. Espero un rato a que el policía haga un silencio en su conversación personal, en la que está muy metido en el cel, para preguntarle por el sótano, que no está en el edificio, sino en algún sumido lugar del complejo. Me indica, me dirige, da dos pasos conmigo para encaminarme. Me pierdo, claro. Regreso a la entrada, junto a los juzgados, con los muslos cansados.
Vuelto a preguntar al par de señoritas de la entrada, esperando que no me recuerden, como seguramente no lo hacen. Así y así, me dicen. Bajo unos cuantos escalones, pero ya no puedo hacerlo con la cabeza en alto. Uso de barandal un cartel de “Morelia brilla” que está mal colocado y deja un poco de la estructura metálica del soporte al descubierto. Cuando se acaba el metal, me injerto ventosas en los dedos para seguir sosteniéndome del plástico publicitario. Giro a la izquierda y luego a la derecha. O al revés. Me encuentro de frente con un kilómetro de amplias escaleras de cemento, sobre las que han colocado un barandal en el centro. Ninguna rampa a la vista. Ni pensar en elevadores. Comienzo el descenso al inframundo.
Para las personas normales, bajar es menos cansado que subir. No pasa lo mismo conmigo. El peso sobre los muslos resulta difícil cada escalón hacia abajo, como un golpe sobre un metal, con el que las fibras musculares se van resquebrajando. Recuerdo la camiseta que siempre he querido hacerme: letras con piel de cebra que digan EDS. Nunca he puesto manos a la obra porque daría exactamente lo mismo. Nadie sabe lo que es el EDS y, más importante, a nadie le importa.
Haga de los escalones descansos para detenerme a tomar aire. Intento respirar profundo, mandar aire a los músculos, darles ánimos. Retomo el descenso. Mis pies arden dentro de los tenis. Pago en la caja más escondida. Inicio el camino hacia la superficie en calidad de Eurídice. Pero no. Eurídice era el espíritu desencarnado de una jovencita. A mí me sobra carne, nervios, músculos aulladores. Cada cinco escalones, subidos con las piernas y los brazos, me detengo a intentar apagar el fuego, a obligar a mis pulmones a recibir aire. Ya sin poder conservar ni un pedacito de dignidad, la frente en los suelos del desamparo, siento profundamente mi ridículo y me dan ganas de echarme a llorar a carcajadas –cosa que se me da bien.
Ya para llegar al nivel del mundo, pasa unos cuantos escalones arriba un policía. ¿Por qué no piensan en los discapacitados?, le digo. Él me mira de reojo desde su altura, voltea el rostro sin contestarme y empieza a huir como si se le acercara una mancha pestilente. Sí, tal vez lo soy. La mancha pestilente rodeada por el brillo de Morelia.
Y todavía me falta regresar al primer piso del edificio de hasta allá, para entregar el comprobante del pago y recibir la hoja que tengo que llevar a otra dependencia.
Ilustración portada: Luna Monreal


