Regla de Tres

Los que no duermen

“Lo que allí encuentran, oculto bajo colchones sucios y el cadáver de una oveja, hiela la sangre…”

Soy un devoto lector de Dolores Redondo. Su trilogía del Baztán me atrapó desde sus primeras páginas. Esa alquimia singular donde lo real y lo mítico se funden, donde los fantasmas apenas susurran tras las cortinas del paisaje, pero donde siempre acecha el verdadero monstruo -el ser humano-, define un estilo que ya tiene nombre propio dentro del noir contemporáneo.

Hace poco, aquí en esta Zona Oscura, Gerardo Pérez nos condujo por los territorios sombríos de John Connolly, maestro del noir gótico anglosajón. Pero Dolores Redondo, con su voz firme y enraizada en la espesura vasca, no queda a la zaga; está forjando una trayectoria literaria poderosa en nuestra lengua.

Su Trilogía del Baztán –El guardián invisible (2013), Legado en los huesos (2013) y Ofrenda a la tormenta (2014)- es ya un clásico contemporáneo. Con ella, Redondo fue consagrada: premios, traducciones a más de treinta lenguas, y una legión de lectores rendidos ante su talento. En esas novelas nos conduce de la mano de la inspectora Amaia Salazar por el valle del Baztán, donde los crímenes, las heridas familiares y las criaturas del viejo folklore vasco se entrelazan como raíces profundas bajo la niebla.

Ahora regresa con Los que no duermen NASH (2024, Destino), donde introduce a Nash Elizondo, psicóloga forense y profesora, inmersa en una investigación que la lleva al corazón mismo de los mitos de brujería del País Vasco. En las montañas del Pirineo navarro, junto a su colega Gabriel -espeleólogo y explorador de abismos— desciende a la sima de Legarrea, un pozo natural que parece contener siglos de secretos. Lo que allí encuentran, oculto bajo colchones sucios y el cadáver de una oveja, hiela la sangre: el cuerpo de una joven. Por su indumentaria y su cabello, Nash reconoce de inmediato a Andrea Dancur, la adolescente desaparecida tres años antes, cuya historia alimentó durante semanas a los noticieros y la prensa amarilla.

Tiempo atrás, la justicia había condenado a Salomé, la pareja de la madre de Andrea, a quince años de prisión. Ella sigue clamando inocencia desde su celda. Pero el hallazgo reabre viejas cicatrices en el pueblo, donde la modernidad apenas roza la superficie y bajo ella siguen palpitando supersticiones ancestrales.

Es 2020, y la pandemia empieza a desplegar su manto de inquietud sobre el mundo. En ese clima de encierro, temor e incertidumbre, la búsqueda de Nash se convierte también en una exploración de la condición humana: de sus sombras, de sus rencores no resueltos, de la delgada línea que separa la verdad del mito.

Nash debe volver a la sima, y también adentrarse en la historia íntima de Andrea: su madre, su abuelo, la presunta culpable, un coro de personajes marcados por el misterio y el dolor. Nuevas pistas aparecen: sangre masculina junto a los restos abre nuevas preguntas, aún más inquietantes.

Redondo nos entrega aquí una obra de capas profundas. Como los pozos que exploran sus personajes, la novela desciende hacia lo más hondo de la memoria y la maldad humanas, donde la historia reciente y los ecos de antiguos linchamientos por brujería se funden en un inquietante espejo.

La trama tiene su inspiración en un caso real: en 2014, un grupo de espeleólogos exploró la sima de Gaztelu, en el valle de Malerreka, intentando desenterrar la leyenda de una madre y sus seis hijos arrojados al vacío durante la Guerra Civil. Lo que hallaron no fue odio político, ni disputas de bandos, sino el viejo y viscoso odio personal alimentado por la superstición.

El estilo de Dolores Redondo en Los que no duermen es puro magnetismo literario. Su prosa es clara y envolvente, capaz de pintar paisajes físicos y emocionales con precisión hipnótica. Construye atmósferas densas, donde cada giro narrativo tiene el peso de un golpe seco. Los personajes respiran, dudan, se equivocan; los paisajes respiran con ellos.

Esta es una novela para quienes buscan misterio, sí, pero también para quienes buscan hondura. Dolores Redondo nos recuerda que el verdadero horror rara vez habita en lo sobrenatural, sino en las pequeñas miserias humanas, en las heridas no cerradas, en la memoria colectiva que arrastra sus espectros. Con esta nueva obra, confirma su lugar entre las voces esenciales de la narrativa hispánica contemporánea. Una lectura que no se olvida.


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