Conversamos con el antropólogo Claudio Lomnitz sobre México, cultura, identidad y sociedad
David Ramos Castro
«Strange days have found us» («días extraños nos han encontrado»), cantaba en 1967 el joven Jim Morrison con su hipnótica voz, lúgubre y profética. «Días extraños nos han seguido la pista» («strange days have tracked us down»), aseguraba el vate dionisíaco, heredero tardío de Rimbaud, otro enfant terrible: demasiado joven para estar vivo, demasiado vivo para estar muerto. Ha pasado más de medio siglo y, pese a ello, esos días siguen aquí, al acecho. Como los personajes circenses que aparecen en el vídeo de la canción, ahora también nosotros desfilamos con una sonrisa más irreal que sincera, menos lúdica que truculenta, por un laberinto de calles nocturnas por donde intentamos escapar de una persecución absurda e injusta, crudamente kafkiana, haciendo malabarismos de toda clase para sobrevivir.
Ante nosotros, el desierto avanza: presagio de Nietzsche. Hoy, ese avance devora cuerpos. Lo hace en guerras y genocidios, los borra en impunes desapariciones, los golpea hasta dejarlos sin aliento con la vida saliéndoles por la boca, en medio de la precariedad extrema y los pronósticos de una recesión terrible. Muchos son cuerpos jóvenes; otros, no tanto, pero alguna vez lo fueron; de ahí que sea igual de ignominioso el destino al que se les arroja: una fosa común donde todo el ruido mediático es el mórbido código del olvido. ¿Cómo pensar, entonces y para qué? Yo, más bien, preguntaría: ¿cómo no pensar y para qué serviría, entonces, seguir viviendo? Es frente a lo atroz que el pensamiento debe recomponerse y reafirmarse, y nosotros, pensar de nuevo, como hizo en su día Hannah Arendt, en tiempos oscuros. «No hay vida correcta en la vida falsa», escribió Theodor Adorno. Y por eso el pensar rechaza la verdad de una vida que pretenda levantarse sobre la injusticia de tantas agonías, desapariciones y muertes que podrían -que deberían- haberse evitado.
Todo ello, y aún más, insta a reconocer el sentido de recuperar proyectos esenciales pero olvidados y a reacomodar preguntas antiguas en renovados contextos. ¿Qué implicaría, por ejemplo, hablar otra vez de sociedad y no sólo de lo social?, o ¿cómo pensar la cultura sin convertirlo todo en cultural y hacer que, así, toda crítica se disuelva en el aire? ¿De qué forma conjugar sociedad y cultura sin recaer en el funcionalismo o en el culturalismo? ¿Podemos rebasar las discusiones sobre las identidades nacionales para pensar lo glocal en un mundo multipolar? Son cuestiones amplias pero transversales que conviene abordar a partir de lo concreto, en una vigorosa colaboración entre la filosofía, la antropología, la historia, la sociología no positivista, la psicología o las artes, pero que a la vez no renuncie a una crítica sociocultural que pueda encaminarnos hacia un proyecto que universalice el derecho común a una buena vida. El diálogo transdisciplinar supone un paso en esa dirección, algo urgente para una época de brújulas que deliran.
Con esa idea en mente, el doctor Oliver Kozlarek, docente e investigador del Instituto de Investigaciones Filosóficas de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo, y yo mismo, antropólogo sociocultural e investigador posdoctoral acogido tanto por la Facultad de Filosofía como por dicho instituto, nos propusimos invitar al antropólogo e historiador Claudio Lomnitz a participar en un conversatorio que llevó por título «La sociedad más allá de la identidad: encrucijadas mexicanas en un mundo multipolar». Partiendo de alguno de los temas abordados por el antropólogo, nos interesaba dialogar acerca de las cuestiones arriba planteadas, con el fin de pensar desde México en la época que nos ha tocado vivir. Era una invitación justificada por la trayectoria del invitado, profesor en la Universidad de Columbia, jefe del Departamento de Antropología de dicha institución y miembro de El Colegio Nacional de México; pero sobre todo la avalaba una obra ya imprescindible para entender el pasado y presente de México, y para pensar sobre su futuro en un contexto mundial de enorme incertidumbre. Obras como Las salidas del laberinto: cultura e ideología en el espacio nacional mexicano; la Idea de la muerte en México; Deep Mexico, Silent Mexico; El regreso del camarada Ricardo Flores Magón, y, más recientemente, La nación desdibujada, El tejido social rasgado o Para una teología política del crimen organizado, dan cuenta de ello.

Por otra parte, mi alegría personal por la presencia del doctor Lomnitz, aun cuando fuera en esta ocasión a través de la «liminalidad» digital, me llevaba cinco años atrás. En 2020, durante mi primera estancia mexicana, me interesó su obra sobre la muerte, un tema que, como todo lo relativo a nuestro fatídico destino de mortales, me resulta tan angustioso como una fuente desbordante de fascinación. La antropóloga María Cátedra, quien había codirigido mi tesis doctoral, y a quien tengo por maestra (a ella seguramente le resultará exagerado que lo diga), ya me había hablado de él y de su madre, la doctora Larissa Lomnitz, una muy reconocida antropóloga e investigadora de la UNAM. La profesora Cátedra los había conocido a ambos: al hijo, en Chicago; y a su madre, en CDMX. Cuando decidí presentar un proyecto posdoctoral que tuviera como protagonista a Morelia, gracias a dos bolsas repletas de bibliografía sobre antropología urbana que María me había regalado, los artículos y libros del doctor Claudio Lomnitz ya se habían convertido en una compañía habitual. Me descubrían cosas, me suscitaban preguntas y me motivaban en mi propio camino de antropólogo recién llegado al país con pasiones literarias y filosóficas.
Durante estos cinco años, mi interés por su obra antropológica e histórica ha crecido en la misma medida que mi deseo por entender algo de este abstruso y apasionante territorio y «campo» etnográfico llamado México. Una relevancia acentuada, sin duda, desde mi propia investigación posdoctoral sobre Morelia, y no porque el doctor Lomnitz hubiera orientado sus pesquisas hacia ella, sino porque sus análisis históricos acerca de la realidad sociocultural mexicana y la polémica relación que mantienen la historia cultural del país y su ideología nacional me parecen fundamentales (junto con otros, como los del profesor Roger Bartra) para entender las vicisitudes de una ciudad como aquélla. ¿Podríamos, de hecho, separar el origen del moderno Estado-nación, incluidos los particularismos del caso mexicano, del devenir que han seguido sus ciudades y del proyecto de articulación nacional centrado en ellas? No lo creo posible, la verdad.

El conversatorio con el doctor Lomnitz finalmente se realizó este pasado martes 29 de abril en el Auditorio del Instituto de Investigaciones Filosóficas, y fue asimismo trasmitido por las páginas que el Instituto tiene en Facebook y YouTube. Según lo acordado previamente, el invitado comenzó con una breve exposición que dedicó a tratar algunos aspectos de su obra que sirvieran para pensar en las preguntas rectoras del conversatorio. Para ello, y entre otras cosas, se refirió a la noción de «raza» en México y a la influencia que en ella había jugado la vecindad con los Estados Unidos. Era algo que tenía que ver con una suerte de relación cultural de carácter multipolar entre ambos países, pero que de paso respondía a una de mis propias dudas desde mi llegada a México, pues, más allá de la referencia al famoso libro de Vasconcelos, La raza cósmica, me había intrigado aquella evocación a la raza, que debía ser forzosamente posterior al imperialismo español.
Tras la exposición, llegó el momento de iniciar el diálogo, que se nutrió con las preguntas y comentarios que el doctor Oliver Kozlarek y yo mismo hicimos, pero en el que también hubo tiempo de trasladar las observaciones realizadas a través de las plataformas digitales por las personas que habían seguido la transmisión en vivo. El interés suscitado por las palabras del doctor Lomnitz se puso de manifiesto en la extensa plática que siguió a su intervención, la cual también sirvió para atestiguar la generosidad del invitado, que durante dos horas de conversación se avino a exponer y responder, sin fatiga y con todo lujo de detalles, a las preguntas y comentarios que se le formularon. Lo hizo, además, con una muy grata humildad, que por desgracia no suele ser habitual en el medio académico, tendente a un empacho de mediocre fatuidad, y que fue una alegría encontrar en el eminente antropólogo. Su actitud, generosa y afable, demostraba la unidad que puede existir entre la importancia de una obra y la honradez intelectual de su autor.
Pese a la duración del conversatorio, muchas preguntas y comentarios quedaron en el tintero. Es algo que suele suceder, y que tiene la ventaja de dejar abierta la posibilidad de una plática venidera. Tal vez sea ésa la principal peculiaridad de las ciencias sociales, en las que no es posible dar por zanjados los temas de manera definitiva. Algunos ven ahí un defecto de su carácter científico. Otros, en cambio, vemos una razón para sospechar de aquellas «ciencias» que pretenden imponer sus resultados como certezas inapelables, obviando la historicidad de las teorías científicas, analizada por Thomas Kuhn en su famosa obra La estructura de las revoluciones científicas, o hasta el hallazgo de Gödel en su crucial teorema, gracias al cual sabemos que, ni siquiera en un sólido sistema lógico-matemático como el de los números naturales podemos llegar a deducir la veracidad de un enunciado, pues el sistema del que partimos para eso no es un sistema completo.
Pero si hasta los números naturales presentan ese límite, cuál no será el que muestren los seres humanos, de una complejidad mucho mayor y con los que los investigadores -humanos, al fin- tenemos una cercanía inicial, aun incluyendo el caso de sociedades y culturas que sean muy diferentes a las que tenemos como familiares, que nada tiene que ver con la que presuponemos en las moléculas, genes, neuronas y partículas elementales que nos componen, como tampoco en los prompts que hemos inventado con el fin de instruir nuestros ingenios neocibernéticos. Desde luego, nada de esto significa defender un relativismo extremo, y extremadamente estéril, pero implica denunciar un absolutismo epistemológico igualmente pernicioso, capitaneado en nuestros días por la tecnociencia y por un rebrote neoconductista que podríamos sintetizar en el lema siguiente: «si funciona, ¿para qué saber más?».
Los temas suscitados a lo largo de la conversación con el doctor Lomnitz eran contrarios a una consigna tan pobre. Incluyeron alusiones a la identidad, la cultura, la globalización, el populismo, la sociedad o la nación. Temas todos ellos abordables sólo desde el modelo interpretativo propio de las ciencias sociales y humanas. ¿Se podría solventar acaso, y de un solo plumazo, el significado de lo que pueda ser la nación mexicana, o cualquier otra, reduciéndola a una búsqueda de automatismos socioculturales? La propia labor histórico-antropológica del Dr. Lomnitz muestra lo disparatado de una posibilidad semejante, basándose para ello en la riqueza de su propia experiencia etnográfica, la cual abre caminos interpretativos más verosímiles dentro de una discusión que permanece abierta. La antropología, decía Clifford Geertz, «es una ciencia cuyo progreso se caracteriza menos por un perfeccionamiento del consenso que por el refinamiento del debate». Pero cabría añadir que semejante refinamiento es ya un acicate para aceptar un consenso parcial, basándose en argumentos mejor justificados. Los del doctor Lomnitz forman parte sin duda de esa clase de argumentos.
Vivimos tiempos extraños, pero en la alegría del encuentro con las palabras de quienes saben más que nosotros, y de quienes podemos seguir aprendiendo, vivimos aún la única experiencia «sagrada» de la universidad. Esa extrañeza, entonces, se hace más llevadera, al recordarnos la encomienda que tenemos: seguir buscando, seguir pensando. Al menos en mi manera de concebir la universidad, en su día como estudiante, ahora como investigador y docente eventual, sólo esa experiencia logra compensar casi todas las prosaicas decepciones que, por lo demás, acarrea una vida universitaria carcomida demasiadas veces por la precariedad, los banales narcisismos y casi nada de lo que realmente aprender e inspirarse. La conversación con el doctor Lomnitz y el encuentro con sus conocimientos fue uno de esos maravillosos instantes que nos permiten revivir lo contrario: el inmenso placer del aprendizaje y el entusiasmo vital que lo acompaña.
Fotografía de portada: David Peterson | Pixabay
En el texto: GDJ | Pixabay y OpenClipart-Vectors | Pixabay


