Regla de Tres

Diana Ferreyra: la crónica del cuerpo vulnerado

«…en este hermoso libro, No es la depresión, sino un horizonte que se levanta, la voz de Diana Ferreyra es muy especial. Al mismo tiempo vulnerable e inteligente, se vuelve poderosa en un oximorum impresionante…»

Diana Ferreyra es una de nuestras poetas morelianas más queridas. Para mí es una gran felicidad poder acompañarla en esta celebración, junto a otra poeta también muy querida y admirada, Margarita Vázquez. Ellas son mis ídolas. Están hechas de talento, resistencia y tenacidad. Mujeres maravillosas y deslumbrantes, ambas han sufrido embates del sistema y se han posicionado por encima de ellos, manteniendo la luz, la voz poética encendida.

No es la depresión, sino un horizonte que se levanta es ya el cuarto libro de la Colección Tait. Tejiendo la palabra de mujeres en Michoacán, que nos ha reunido a Mara Bautista, Sandra Aguilera, Ivonne Solano y a mí en torno al deseo de poder hacer llegar el trabajo de escritoras que viven en Michoacán hasta sus lectoras y lectores. Es, también, una apuesta de la Tribu Tait por la poesía creada desde este lugar en que nos tocó vivir –valga la referencia a Cristina Pacheco.

En Traspatio, Ethel Krauze nos decía en la presentación de su poemario Oscura punta: “Escribir es un derecho humano”. Diana Ferreyra ejerce ese derecho, se inserta en una tradición de mujeres que hablan del dolor. Con su particular y estupenda voz poética, nos muestra este camino en el que aparece la música, el amor, las referencias generacionales, la familia, la malvadita esperanza –que se posa en una rama y no deja nunca de cantar.

Diana ha escrito narrativa y más poesía. Pero, en este hermoso libro, No es la depresión, sino un horizonte que se levanta, la voz de Diana Ferreyra es muy especial. Al mismo tiempo vulnerable e inteligente, se vuelve poderosa en un oximorum impresionante. Logra hacernos sentir su fuerza, su capacidad de ver la realidad desde la poesía y la esperanza, al mismo tiempo que nos devela la vida dentro de la enfermedad.

No hay un grito terrible, no hay quejas: es una crónica, una documentación, una revaluación de las condiciones del cuerpo vulnerado, como en el amor, esa experiencia quasi patológica. Así, Diana Ferreyra se une a la tradición de María Luisa Puga (Diario del dolor, 2003), de Sontang (el ensayo La enfermedad y sus metáforas), Virginia Woolf (De la enfermedad). Existe también una antología poética Rojo-Dolor. Antología de mujeres poetas en torno al dolor[1], donde se recopilan textos en los que las poetas reivindican el derecho a expresar las experiencias marcadas por la mano de las condiciones patológicas.

Para el canon tradicional (ya sabemos, hecho por y para hombres blancos, de cierta clase social, que hablan un idioma europeo, retomo el patrón de medida de Deleuze, y agrego: sanos) es de muy mal gusto que las mujeres expresen su dolor, ya sea amoroso o causado por una condición física o mental. Como mujeres (lo que quiera que sea eso), nuestra cuota de dolor permitido es baja. En general, pasamos por unas quejinches. En una charla en la Feria Internacional del Libro y la Lectura de Morelia sobre poesía escrita por morras, un señor del público nos advirtió que no nos pobrecéramos (sic).

Tampoco nos importa. Seguimos escribiendo con la cuerpa en línea de combate. Eso significa hacer poesía desde ellas, estén como estén. Es necesario ser muy valiente, no sólo para tratar este tema, sino también para vivir con malestar, para intentar salir adelante cada día (a veces, incluso cada hora), para objetivar estas experiencias y presentarlas al público hechas literatura.

Con todo lo que me queda de corazón, le agradezco personalmente su arrojo, su belleza, su mirada sobre temas tan duros, tan necesarios, tan importantes sobre cuestiones que se vuelcan sobre la cotidianeidad y nos descolocan, pero nos enseñan valiosas lecciones. Muchas gracias, queridísima Diana.



[1] Ana Castro, “Ellas rompen el silencio y hablan sobre su dolor”, El Salto, 27 de octubre del 2021.


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